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Hayao Miyazaki, Eco-anime

3 de agosto de 2009

Nada que ver con los Pokemons, Digimons o lolitas con ojos de huevo frito, existe otro anime.

Arriesgándome a que los seguidores de García Márquez me lapiden, este anime sobrepasa, por imaginativo, incluso la riqueza del realismo mágico. Empapado de folclore japonés, Hayao Miyazaki ha desarrollado un mundo paralelo al de los humanos con una vasta población irreal vinculada a la naturaleza. Lo bautizaremos eco-anime.

En sus filmes más personales, ningún ser -por extraño que parezca- es excepcional. Son parte de un ecléctico engranaje digno de Lewis Carroll, un conjunto mágico que equilibra el ecosistema, violentado, en ocasiones, por la sociedad humana. Así, a pesar de todo su poder, los dioses y espíritus benignos son vulnerables y pueden ser corrompidos por acciones antrópicas, caso del ser pestilente que oculta al dios del río, liberado tras un baño en una escena memorable de El viaje de Chihiro (2001) o el enloquecido Jabalí de La princesa Mononoke (1997), símbolo del agresivo progreso humano.

En Cooliflower os sugerimos una nueva visión sobre el cine de este autor “pacifista, feminista y ecologista”, recuperando obras magníficas como Nausicaä del Valle del Viento (1984), hoy considerada una de las mejores películas de ciencia-ficción de todos los tiempos o Mi vecino Totoro (1988), un auténtico y surreal regalo para la vista y la oportunidad perfecta para relajarse lejos de las manidas formas hollywoodienses.

Os incitamos a descubrir la parte mágica de la ecología, aquella que los libros de texto no cuentan.

Bajo estas lineas (en inglés, pero sin apenas diálogo), la maravillosa escena de Totoro descubriendo un paraguas.

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Thoreau, el primer ecologista

10 de julio de 2009

“Fui a los bosques porque quería vivir a fondo, quería vivir a conciencia y sacarle todo el meollo a la vida, dejar de lado todo lo que no fuera la vida, para no descubrir, en el momento de la muerte, que no había vivido”.

¿Lo recordáis? Es el fragmento que leían los imberbes -y atormentados- alumnos de John Keating al comienzo de cada sesión del nocturno “Club de los poetas muertos”. Su autor: El pre-hippie Thoreau, que ya llevaba criando malvas más de cien años sin ser consciente de su influencia sobre futuros pacifistas, naturalistas, ecologistas… Y guitarristas de Death Metal -en este último caso, sólo por la barba-

henry_david_thoreau-cooliflowerEl gran Thoreau, el tipo del físico frágil y la mirada cristalina había publicado estas palabras en “Walden”, un libro escrito en el bosque homónimo durante dos años (1845-1847). No fue fácil. Thoreau estaba completamente aislado. No había jurados , cámaras de reality show ni se podían enviar esemeeses con “salvar al barbas”, pero a él le mereció la pena. Este es nuestro pequeño homenaje Cooliflower a la primera persona que reconoció su pacifismo, acuñó el termino “Desobediencia civil” y dejó un legado sin el cual la ecología no existiría.

Y por todo ello, recomendamos su refrescante y positiva lectura. Y si tu vecino – el que cree que Van Gogh era un cantante de música folk- nos pregunta por qué leemos “estas cosas tan raras”, podemos responder, desafiantes, parafraseando a Thoreau: Lo hacemos porque “cualquier hombre que tenga más razón que sus prójimos ya constituye una mayoría de uno”.

Nota Cooliflower: La frase también es válida para hacerse con el control del mando de la tele en una reunión familiar.

ACTUALIZACIÓN 24/09/2015—- Texto adaptado de Thoreau a continuación

Desobediencia Civil  2.0

Original de Henry David Thoreau, destripado, recortado y deformado por Cooliflower. 😉

Creo de todo corazón en el lema “El mejor gobierno es el que tiene que gobernar menos”, bien llevado, finalmente resulta en algo en lo que también creo: “El mejor gobierno es el que no tiene que gobernar en absoluto”. De hecho, cuando los pueblos estén preparados para ello, ése será el tipo de gobierno que tengan.

El gobierno en sí, que es únicamente  el modo escogido por el pueblo para ejecutar su voluntad, está sujeto al abuso y la corrupción antes de que el pueblo pueda actuar a través suyo.

¿No puede haber un gobierno en el que las mayorías no decidan de manera virtual lo correcto y lo incorrecto, sino a conciencia?, ¿Tiene el ciudadano que entregarle su conciencia al legislador? ¿Para qué entonces la conciencia individual? Antes que súbditos, tenemos que ser humanos. La única obligación que tengo derecho de asumir es la de hacer siempre lo que creo correcto. Se dice muchas veces que una corporación no tiene conciencia; pero una corporación de personas conscientes es una corporación con conciencia. La ley nunca hizo al hombre un ápice más justo; a causa del respeto por ella, hasta el hombre mejor dispuesto se convierte en agente de la injusticia

La masa de hombres sirve al estado, no como hombres sino como máquinas. Son el ejército erguido, la milicia, los carceleros… En la mayoría de los casos no hay ningún ejercicio libre en su juicio o en su  sentido moral; ellos mismos se ponen al nivel de la madera, la tierra, las piedras… Otros – como la mayoría de los legisladores, los políticos, abogados… – sirven al estado con la cabeza, y como rara vez hacen distinciones morales, están dispuestos a ponerle una vela a Dios y otra al Diablo. Unos pocos sirven al estado a conciencia, y en general le oponen resistencia. Estos últimos casi siempre son tratados como enemigos.

¿Cómo le conviene a una persona comportarse frente al gobierno hoy? Le respondo que no puede, sin caer en desgracia, ser asociado con éste. Yo no puedo, ni por un instante, reconocer una organización política que como gobierno mío es también gobierno de esclavos. Todos los hombres reconocen el derecho a la revolución; es decir, el derecho a negarse a la obediencia y poner resistencia al gobierno cuando éste es tirano o su ineficiencia es mayor e insoportable. Pero muchos dicen que ese no es el caso ahora.

 

Hay quienes se sientan con las manos en los bolsillos, dicen que no saben qué hacer, y no hacen nada; hay quienes anteponen el asunto del libre comercio al de la libertad y leen muy calmados las cotizaciones junto con los últimos informes. ¿Cuál es la cotización para un hombre honesto hoy? Ellos se lo preguntan y tienen remordimientos, pero no hacen nada con convicción y efecto. Esperan a que otros le pongan remedio al mal. Como mucho, depositan un voto barato con deseo de feliz viaje a lo correcto.

 

El carácter de los votantes no entra en juego. Deposito mi voto, por si acaso, pues lo creo correcto, pero no estoy comprometido en forma vital con que esa corrección prevalezca. Se lo dejo a la mayoría. La obligación de mi voto, por lo tanto, nunca excede la conveniencia. Aún votar por lo correcto no es hacer nada por ello. Es simplemente expresar bien débilmente ante los demás un deseo de que lo correcto prevalezca. El hombre sabio no deja el bien a la suerte, ni desea que prevalezca por el poder de la mayoría. Hay poca virtud en la acción de las masas

Existen leyes injustas: ¿debemos estar contentos de cumplirlas, trabajar para enmendarlas, y obedecerlas hasta cuando lo hayamos logrado, o debemos incumplirlas desde el principio? Las personas, bajo un gobierno como el actual, creen por lo general que deben esperar hasta haber convencido a la mayoría para cambiarlas. Creen que si oponen resistencia, el remedio sería peor que la enfermedad. Pero es culpa del gobierno que el remedio sea peor que la enfermedad. Es él quien lo hace peor. ¿Por qué no valora a su minoría sabia? ¿Por qué grita y se resiste antes de ser herido? ¿Por qué no estimula a sus ciudadanos a que analicen sus faltas y lo hagan mejor de lo que él lo haría con ellos?

 

Lo que tengo que hacer es ver que yo no me presto al mal que condeno.  En cuanto a adoptar las maneras que el Estado ha entregado para remediar el mal, yo no sé nada de tales maneras. Toman mucho tiempo, y la vida se habrá acabado para entonces. Tengo otras cosas que hacer. Yo vine a este mundo no propiamente a convertirlo en un buen sitio para vivir, sino a vivir en él, ya sea bueno o malo. Una persona no tiene que hacerlo todo, sino algo. Cualquier hombre más correcto que sus vecinos constituye de por sí una mayoría de uno.

El Estado, pues, nunca confronta a conciencia la razón de una persona, intelectual o moralmente, sino sólo su cuerpo, sus sentidos. No está equipado con un ingenio superior o una honestidad superior, sino con fuerza superior. Yo no nací para ser forzado. Respiro a mi manera. Ya veremos quien es el más fuerte. ¿Qué fuerza tiene una multitud? Sólo me pueden forzar los que obedecen una ley más alta que yo. Quieren forzarme a que me vuelva como ellos. No escucho a quienes han sido forzados por las masas a vivir así o asá. ¿Qué vida es ésa? Cuando un gobierno me dice, “la bolsa o la vida”, ¿por qué tengo que correr a darle mi dinero? Yo no soy responsable de que la maquinaria de la sociedad funcione. Si una planta no puede vivir de acuerdo a la naturaleza, se muere; lo mismo el hombre.

 

¿Es la democracia que conocemos la última mejora posible de gobierno? ¿No es posible adelantar un paso en el reconocimiento y la organización de los derechos del hombre? Jamás existirá un estado realmente libre e iluminado hasta que reconozca al individuo como un poder más alto e independiente, del cual se deriva su propio poder y autoridad, y lo trate de acuerdo a ello.

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