La incultura del miedo

4 de junio de 2015

Obsérvate como tu adrenalina se dispara, el corazón se acelera. Las conexiones sinápticas solicitan peaje. ¡Qué ojos! Tus pupilas, prestas y atentas, tienden a dilatarse, como si fueras un gato encocainado. El vello se te eriza y aparcas el razonamiento  en cuarta fila, en el quinto pino, al fondo de tu cerebro para jugarlo todo, absolutamente todo, a una sola carta.

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