Dos cuentos de Navidad

6 de diciembre de 2010

Vudú haitiano


Era un precioso lugar, sin duda, cuando los muertos no afeaban sus calles. Llegaban los golpes de estado y los muertos, los terremotos y los muertos; las epidemias y los muertos… También, de vez en cuando, coincidían las elecciones y los muertos, porque los muertos en este país, los que se apilan en fosas comunes, resucitaban para votar. La opinión válida era la enterrada; el mejor voto era el que no tenía boca. Haití -daltonismo político- era un país negro que siempre votaba en blanco. Cada urna -simple en apariencia- era un complejo sistema que reordenaba los átomos del voto y las ideas de los votantes.

Un día la tierra tembló y los haitianos lloraron resignados, sin aspavientos ni carreras -poco podían hacer: los terremotos, como la muerte o el amor, son estúpidos, vagan al azar-. La tierra se abrió en dos y de ella surgieron los olvidados, los fallecidos de generaciones anteriores. Caminaron entre sus paisanos y tomaron la palabra. El gobierno de Haití, por primera vez en su historia, abandonó la estupidez de los vivos con los muertos y se convirtió en la primera democracia en la que muertos, muertos de cuerpo, que no de espíritu, cuidaron de los vivos.

(Cualquier parecido con la realidad es pura realidad)

72 pinos vírgenes


Érase una vez un país que nunca existió. Israel germinó de la vergüenza internacional, y de la vergüenza siguió nutriéndose. En Israel, la aterrada nación que exportaba su propio miedo, recibieron el más duro golpe nunca imaginado: su poderosa maquinaria de guerra desconocía cómo utilizar miras láser, misiles inteligentes y chalecos de kevlar para apagar un incendio. En una sociedad instruida para vivir conflictos bélicos, el fuego apareció en sus bosques como un irrefrenable yihadista. Todos los países, como era costumbre, se apiadaron de la situación de Israel, incluidos los susceptibles vecinos palestinos (haz lo que yo diga, no lo que yo haga).

La lucha dio sus frutos, y la extraña coalición que quería respetar la naturaleza salvó lo que ya era una catástrofe ecológica y humanitaria dantesca. Dos semanas más tarde, Israel envió a Palestina dos tanques adornados con guirnaldas y cargados con cestas de Navidad. Las cestas se vaciaron en dos minutos y los tanques permanecieron, por siempre, a las puertas de Gaza, para lo que fuera menester… y el fuego extinguido recibió, en el paraíso de las catástrofes naturales, 72 hermosos pinos vírgenes.

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