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Alta fidelidad

2 de febrero de 2013

Es curioso; hay un departamento en cada gran empresa llamado “fidelización”, a veces conocido, en jerga de vejiga marketiniana, como “retenciones”. El funcionamiento interno es así: cuando un cliente, saturado de engaños, promesas incumplidas y desencuentros se quiere marchar aparecen ellos, amables y cordiales, para ofrecer una compensación por las descompensaciones. Los encargados de “fidelizar” viven de cada cliente convencido para quedarse. Son amantes incorpóreos, viviendo al límite de la ruptura sentimental-mercantil. Si sigues conmigo te daré descuentos, tostadoras, un huevo duro… lo que quieras, amor, pero no me dejes, ¡oh!

Algún día un auditor despabilado echará mano de la calculadora y descubrirá que el porcentaje de abandonos se podría solucionar con cuidados diarios. Ése tipo listo con sumas, insumos, restas y restos, plasmará en un informe cómo es más sano —y rentable— cuidar a los clientes ya establecidos, antes que captar a nuevos. Hasta que ese momento llegue, el dicho de “prometer y prometer hasta meter, y una vez metido, nada de lo prometido”, seguirá siendo la razón de ser de los negocios. Salvo bajo amenaza de abandono; entonces llegará el desgarrador “Ne me quitte pas”.

El método anteriormente descrito parece basado en las relaciones. “La fidelidad” del noviazgo sirve para acotar los genitales del/de la churri de turno. Se puede convivir con una persona profundamente boba, insulsa, desagradable y con menos sensibilidad que un tubo de escape. Todo es perdonable si de cintura para abajo se mantiene la exclusividad. Ser leal es firmar un contrato de permanencia, las condiciones son lo de menos. Si todo falla, ya aparecerán rosas, bombones, sesiones de teatro y cesiones de piel. El departamento de “retenciones” del corazón llega tan tarde como el de las empresas.

 

La peor fidelidad, no obstante, es la fidelidad incondicional a las ideas que lleva a mantener credos y creencias razonables o irrazonadas, cueste lo que cueste. Ser fiel a uno mismo puede ser tan provechoso como perjudicial, si no hay opciones para renovar ideas preconcebidas. Y qué días estos para dejar de fidelizar ideas.

Vivía con la idea de que la contaminación era responsable del cambio climático y, por supuesto, muy perjudicial, y un día la OMS revela que la polución daña la salud más allá de extremos imaginables. Arteriosclerosis, diabetes, subdesarrollo neuronal, niños asmáticos en lugares con tráfico rodado… Y España, este bendito desconcierto, es uno de los 17 países que será sancionado por incumplir la normativa que obliga a reducir las partículas en suspensión ¿quién lo diría, en un lugar que se cree civilizado?

¿Y quién le hubiera dicho, a un amante de los gatos, que son una amenaza real para la vida silvestre? Un informe destapa cómo miles de millones de animales mueren por culpa de los gatos. Hasta 33 especies se han extinguido con ayuda de estos apacibles felinos. Y tras leerlo ya no sé cómo ser fiel a mí mismo. Miro a mi Crispi y a mi Panchita, con sus dulces maullidos y correrías nocturnas y pienso que al final, como yo, como tú, como todos los seres vivos, son víctimas de la fidelización a su propia naturaleza.

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El estrés de las aves

3 de enero de 2011

El País, 3 de noviembre de 2011: “Miles de mirlos han caído desde la noche de Año Nuevo sobre el estado de Arkansas, en el centro-sur de Estados Unidos, unos 5.000 de ellos muertos, por causas que aún se desconocen (…) Durante la celebración del cambio de año se dispararon fuegos artificiales a medianoche, cuando probablemente los animales se encontraban en nidos y ramas, lo que les habría causado un estrés que pudo matarlos.”.

Todo apunta hacia las explosiones como catalizadores de este raro suceso en cadena -las aves halladas no presentaban ningún signo de violencia externa-. La noticia, por su singularidad, ocupa un espacio relevante en los medios de comunicación, momento para preguntarse en qué medida el ritmo de vida humano influye cada día en el resto de las especies. ¿Es exagerado pensar que podemos infligir la muerte de otros animales de manera sicosomática? El estrés es altamente contagioso, en efecto; la sensibilidad no es una cualidad humana: que estemos capacitados para explicar nuestras emociones y por ende, nuestro nivel de angustia, no significa que seamos menos resistentes a los cambios que otras especies. Los caballos, poniendo un ejemplo cercano, animales nobles a los que agrada la compañía humana, pueden traumatizarse de por vida por situaciones de alto estrés, de hecho, pueden incluso sufrir paradas cardíacas bajo alta tensión emotiva.

Cooliflowerense, como propósito para este 2011 recién estrenado sugerimos un cambio mental: los animales también sienten… a veces, por falta de inteligencia autocomplaciente y engañosa, de modo bastante más sincero y puro que nosotros mismos.

Muy interesante: Caballos que curan.
Y…
Pequeño homenaje al mirlo (¡cantado por unos escarabajos!)
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Recordando a Haití

25 de octubre de 2010

Estimado Forges:

Hace tiempo que me pides que recuerde. Incluyes en tus viñetas de El País un pequeño espacio para los cortos de memoria, como yo. Me pides que no olvide a Haití. Te prometo que lo intento y el esfuerzo es ímprobo.

Parece poca cosa: no olvidar, que es distinto a recordar. Decía Salvador Dalí que la diferencia entre los recuerdos verdaderos y falsos, es similar a la que hay entre una joya de pega y otra genuina: lo falso suele ser mucho más brillante y real… El problema es que cuando recuerdo, sin querer, hago clic en la carpeta de favoritos del cerebro, esa materia gris algo obtusa y bastante desfragmentada por tanto zapping y desengaño. En la vitrina de la memoria, por recomendación clínica o cínica, hay espacio de sobra para lustrosos trofeos pasados o para la madre de algunas personas, pero muy poca para la vergüenza. Los recuerdos de “Haití triste”, lo reconozco, cohabitan en algún cajón neuronal con parejas desparejadas, sueños de barro cocido y tornillos que nunca encontraron rosca.

Haití (o el Congo, o Luisiana, o Aznalcóllar, o Etiopía o aquella señora que ayer lloraba en el parque, no sé el porqué) me duelen. Y lo doloroso tiende a la omisión voluntaria.

Ayer, leyendo un artículo, descubrí que Haití todavía existía y abrí el oscuro cajón de lo olvidado. Recordaba tu cruzada de ácidos bocadillos y hombres narigudos cuando ojeaba el diccionario para encontrar qué era exactamente el cólera: en masculino, es una enfermedad similar a una fuerte gastroenteritis. Suele estar causada por falta de higiene y agua potable contaminada. En femenino -claro- es ira; enfado desmesurado provocado, por ejemplo, al ignorar las enfermedades que causan la falta de higiene y el agua potable contaminada. Ambos problemas, como tú ya sabes, insistente Forges, se dan ahora en Haiti; el primero ya ha sumado 253 víctimas y el segundo, que empezó como un lejano y tenue zumbido, es un molesto pitido de oídos en la conciencia internacional.

Sólo quería darte las gracias porque tú no has olvidado y yo he vuelto a recordar, a pesar de que en todos los telediarios insistan en ocupar mis neuronas con los cuatro goles de Cristiano.

Un abrazo.

(Adjunto aquí un enlace para el recuerdo)

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Recordando a Haití