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Las mejores películas ecológicas (parte 1)

6 de agosto de 2010

Es agosto, muchos veranean y tienen tiempo libre. ¿A quién le apetece salir, disfrutar de la naturaleza y del buen tiempo, charlar con amigos, tomar un refresco o unas cañas cuando puede quedarse en casa viendo una película? Ya. A mí tampoco. Pero… ¿Qué decir de las sobremesas hipercalóricas sin nada que ver? ¿Y de las visitas que nunca callan? Acércate a la videoteca más próxima, pon una película de nuestra selección y di que tiene mensaje ecológico; ya verás cómo, en un solo movimiento estratega ni que firmado por Fischer, tu cabeza inquieta se refrescará y echarás a los pesados de los Gutiérrez; doble disfrute, máxima absorción. Viva el séptimo arte directo a la yugular.

 Allá van nuestras tres primeras sugerencias.

Naves misteriosas (Silent Running, 1972)

Cómo se cocina: Se toma una parte de Alien el octavo pasajero; una porción de 2001 una odisea en el espacio… se encarga el guión al padre Mundina y se adereza con música de Joan Baez. Eh… no sé cómo lo he hecho, pero así explicado, es más apetecible ir al dentista que ver esta película. Volvemos a empezar: Naves misteriosas -¿quién demonios tradujo Silent running?-, es un film con buenos efectos especiales y una producción impecable que no ha perdido calidad, a pesar de que hayan transcurrido casi cuatro décadas desde que se filmó… de hecho: su mensaje ecológico es tan actual que da miedo.

La sinopsis, contada a grandes rasgos para no destripar el film estilo Wikipedia: En el futuro, una suerte de jardineros espaciales se encargan de gigantescos invernaderos (eh… ¿naves misteriosas?) a la espera de repoblar la maltrecha Tierra. Un día, reciben la orden de destruirlo todo y regresar a la base…

Dos cosas: 1 – Si sois de lágrima fácil, preparad el moquero. 2 – Enviad una copia a las oficinas centrales de BP, para que empiecen a financiar invernaderos espaciales.

 La selva esmeralda (The emerald forest, 1985)

 ¿Aún no la has visto? ¡Tú si que has vivido en una selva! La han repuesto en todas las cadenas millones de veces -dos millones menos que Solo en casa-. La selva esmeralda (bien por el traductor: no confundió ácido lisérgico y aspirina) es una digna película a pesar de estar “basada en hechos reales”. Como suele ocurrir en estos casos, los hechos reales están tomados por los pelos -de las pestañas-, porque lo único verdaderamente real del film es la deforestación de la amazonia… pero -miremos el lado positivo- tras mensaje misticista y obviar que el gobierno brasileño es el primer responsable de destruir su propio ecosistema, el mensaje cala. No creemos que ningún niño/preadolescente en el planeta sea capaz de ver este cuento selvático con moraleja sin volverse un poco ecologista y muy anti-pueblo-termita. ¡A mí me pasó!

El argumento es el siguiente (copiado de Film Affinity. Por una vez dejemos a los que saben): “Narra la historia de un niño, hijo de un ingeniero americano que está construyendo una presa en la selva amazónica, que desaparece en la jungla sin dejar rastro. Convencido de que ha sido raptado por una tribu indígena y de que sigue vivo, su padre le busca durante años.”. Un niño rubio y alto entre aborígenes morenos y bajitos. Y no lo encuentran… esto demuestra lo grande que es la selva.

Nómadas del viento (Le peuple migrateur, 2001)

 Una maravilla. Le damos un diez y nos quedamos tan anchos. Film Affinity: “Ambicioso documental sobre la migración de las aves, un viaje que recorre más de 40 países. 4 años de trabajo y más de 140 personas contribuyeron a la creación de un singular estudio, no sólo de las diferentes aves migratorias y sus patrones migratorios, sino del ecléctico, espectacular y sorprendente planeta en el que vivimos. “.

Convertir el viaje migratorio de las aves en un película y obtener un grandioso y emocionante espectáculo audiovisual está al alcance de pocos escogidos. Drama, comedia, suspense… gran variedad de géneros enmarcados en la belleza de parajes ignotos e imágenes singulares. Todo a vista de pájaro y sin apenas voz humana. Ni falta que hace. Una film para conservar y regocijarse en su técnica y singularidad. Un film para amar a nuestro planeta y sentir la necesidad de protegerlo de nosotros mismos. Poesía en movimiento surcando el viento: verdadera ecología. 

Perdonamos a la distribuidora por el título en castellano: lo hace aún más bonito. 🙂

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3D cal y una de arena

25 de enero de 2010

El público gritaba aterrado cuando uno de los mostachudos bandidos disparaba su arma contra ellos. Esta escena tenía lugar en 1903, el cine estaba naciendo y la película The Great Train Robbery establecía un hito cinematográfico. Cambios de plano, acción trepidante… lo que directores como Michael Bay han elevado hasta la nausea anfetamínica en cintas armaggedonianas. La fábrica de sueños de hace un siglo proyectaba un mundo sepia mucho más colorista y vivaz que el real con emoción, sorpresas y risas. Los cines (teatros, por aquel entonces) eran la vacuna que inmunizaba contra la tristeza, y el primer plano del bandido, una inyección tan cándida como efectiva de adrenalina.

Cooliflower Bandido

La industria cinematográfica tridimensional toma las riendas de las cintas pioneras que curaban el aburrimiento. Las productoras han sido conscientes de que ninguna sala es comparable al sofá en tiempos de aislamiento colectivo. El espectáculo se disfruta ahora, mayormente, tumbado ante una inmensa pantalla plana, sin escuchar al vecino de butaca al que le gusta relatar lo obvio -¡Qué grandes dobladores de documentales se han perdido!-.

Para desincrustar a los nuevos cinéfilos del sofá, el cine ha tenido que pasar, necesariamente, por un lavado de cara. Se ha rescatado el remozado formato 3D cuyo máximo exponente es la espectacular Avatar, de argumento nulo pero estética y técnica sublimes. Los cines, calculadora en mano, incrementan el precio de las entradas que ya costaban un riñón (el otro riñón se entrega con las palomitas).

El cine 3D, y Avatar especialmente, muestran la incongruencia de los taquillazos de filosofía ecológica y factura multimillonaria, filmes que no recaudan precisamente para salvar bosques, sino para llenar salas –y ahora hogares– con gafas de plástico. Cuando se nos escapa alguna lagrimilla no pensamos que el singular y poético mundo de Pandora se fabrica con petróleo, tala árboles y construye mansiones. Pandora es un Vergel de oxígeno pixelado.

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Hayao Miyazaki, Eco-anime

3 de agosto de 2009

Nada que ver con los Pokemons, Digimons o lolitas con ojos de huevo frito, existe otro anime.

Arriesgándome a que los seguidores de García Márquez me lapiden, este anime sobrepasa, por imaginativo, incluso la riqueza del realismo mágico. Empapado de folclore japonés, Hayao Miyazaki ha desarrollado un mundo paralelo al de los humanos con una vasta población irreal vinculada a la naturaleza. Lo bautizaremos eco-anime.

En sus filmes más personales, ningún ser -por extraño que parezca- es excepcional. Son parte de un ecléctico engranaje digno de Lewis Carroll, un conjunto mágico que equilibra el ecosistema, violentado, en ocasiones, por la sociedad humana. Así, a pesar de todo su poder, los dioses y espíritus benignos son vulnerables y pueden ser corrompidos por acciones antrópicas, caso del ser pestilente que oculta al dios del río, liberado tras un baño en una escena memorable de El viaje de Chihiro (2001) o el enloquecido Jabalí de La princesa Mononoke (1997), símbolo del agresivo progreso humano.

En Cooliflower os sugerimos una nueva visión sobre el cine de este autor “pacifista, feminista y ecologista”, recuperando obras magníficas como Nausicaä del Valle del Viento (1984), hoy considerada una de las mejores películas de ciencia-ficción de todos los tiempos o Mi vecino Totoro (1988), un auténtico y surreal regalo para la vista y la oportunidad perfecta para relajarse lejos de las manidas formas hollywoodienses.

Os incitamos a descubrir la parte mágica de la ecología, aquella que los libros de texto no cuentan.

Bajo estas lineas (en inglés, pero sin apenas diálogo), la maravillosa escena de Totoro descubriendo un paraguas.

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Hayao Miyazaki, Eco-anime