¡Tanta luz y tan pocas luces!

26 de octubre de 2010

Desde tiempos inmemoriales (modo de decir “hace mogollón, pero no sé desde cuando”) el ser humano ha temido a la oscuridad. El miedo venía dado por la falta de adaptación a la noche y los peligros inherentes a lo oculto, como la posibilidad de rozar una roca afilada con el dedo gordo del pie. Los humanos lo pasábamos mal, ciertamente; más de un primate se dejó la espinilla por el camino hasta que algún/a osado/a aprendió a hacer fuego a conveniencia. Con los años le cogimos el puntillo a esto de la decoración brillante: empezamos por pequeñas hogueras y siglos después iluminamos comercios, fachadas, la tierra, el cielo, espadas láser de plástico y las gafas de Chimo Bayo, máximo exponente de cómo iluminación y buen gusto pueden ser divergentes.

El exceso de luz actual es patente: España brilla por falta de luces medioambientales. Si no fuera porque algunos astrónomos se tiran de los pelos -con tanta contaminación lumínica, apenas ven el firmamento en zonas urbanas-, quizá ni siquiera tuviéramos en cuenta lo ridículo que es “encender” lugares desiertos. Un estudio reciente llegó a la conclusión de que España consumía el doble de electricidad en alumbrado público que Alemania, a pesar de que el censo refleja casi la mitad de habitantes. No es sorprendente: en España se alumbran parques cerrados al tránsito nocturno, zonas sin habitantes, carreteras sin tráfico, polígonos industriales sin industria, zonas ornamentales sin turistas, programas televisivos sin cerebro… se utilizan los recursos de modo ineficiente. Además, todavía muchas farolas utilizan lámparas de alto consumo y están diseñadas proyectando la luz hacia arriba, al espacio (¡saludos, amigos marcianos!).

La situación ya está cambiando, al menos en el exterior. Mientras aquí se nos pide ahorrar energía a domicilio y los noctámbulos copean, con tanto deslumbramiento y cual malote de barrio, con gafas de sol, en ciudades como Los Ángeles han instalado 30.000 puestos LED de bajo consumo. Una gran ventaja del muy en boga LED, es el reducidísimo consumo energético (hasta una sexta parte). En la ciudad Saskatoon, en Canada, van a instalar 800 farolas LED con las que ahorrarán 350.000 Kilowatios y 156 toneladas de gases de efecto invernadero.

Las clásicas farolas pierden gran parte de su energía, el 90%, en generar calor (como algunas personas, ron mediante). Si quieres saber si en tu comunidad se está haciendo algo al respecto, consulta en tu ayuntamiento. Descubre las ventajas de tecnologías ideales para combinar con energía solar o aerogeneradores. Si la contribución que tienes que pagar es un disparate, quéjate en verde y movilízate localmente. Menos luces y más eficientes; tú puedes.

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