Carne de burro

4 de marzo de 2013

a.baa-computer-lovers“hoy todo son ordenadores y más ordenadores

Y pronto todo el mundo tendrá uno,

los niños de tres años tendrán ordenadores

y todo el mundo conocerá todo

lo relacionado con los demás

mucho antes de que lleguen a conocerse

y por eso nadie querrá conocerse.

nadie querrá conocer a nadie

nunca jamás

y todos serán

unos solitarios

como lo soy yo hoy”

6, Charles Bukowski, “El padecimiento continuo”.

En EEUU nace el término deportivo “los minutos de la basura” para destacar cuándo todos (jugadores, árbitro y público) saben quién va a ganar un partido. Sin interés, el encuentro se mira sin ver y se juega sin jugar. Sólo resta esperar el desenlace ya desvelado.

whatsapp_2Los minutos volaban y vuelan, y se estrellan. Para ahorrar euros, o salvar las cuerdas vocales, el tiempo va directo a la crono-papelera. Servicios de mensajería, tipo Whatsapp, son idóneos para que tiempo real —y educación— sean basura. Bonitas conversaciones de dos horas, muñequito a muñequito, que podrían resolverse en dos minutos de llamada; conversaciones eternas para quedar en directo, ignorar a quien está enfrente y atender, de nuevo, al que no está. En el ciclo del mensaje iconizado se invierte ausencia y presencia. La expectativa es un regalo, lo real es material de desecho.

Para que el tiempo se conserve en su jugo hay servicios de pareja, o de sexo rápido. Los futuros novios pueden iniciar el cortejo por nivel cultural y afinidades. Se estudia la compatibilidad mediante pruebas sicológicas y algoritmos y un tanto por ciento determina la posibilidad de éxito de la cita. Puro amor.

—Creo que tu porcentaje de mí mismo rentabilizará la inversión.

—Yo también te quiero.

En los servicios de polvo rápido el contacto es más natural, zoológico, de “la dos”: “Ke tal?”, “Vien”. Foto de pechos, foto de abdominales. Imagen de culo, imagen de pene. “Kedamo?” “Bale”. Como aquel programa de televisión, “Follow me”, pero con pronunciación castellana. Perfecciona tu inglés francés en pocas horas.

Para evitar minutos de la basura, los procesos de selección de (im) personal son gloriosos, con conversaciones al límite del absurdo.

—¿Cómo se definiría en dos palabras?

—Humano parado.*

 —¿Qué cree que podrá aportar a la empresa?

—Ni idea. Mire, si no empiezo a trabajar ni usted ni yo lo sabremos nunca.*

*(Ojalá se pudiera responder así).

 Tantos minutos perdidos en basura e idiotez. Y llega la carne de caballo, minutos y minutos de titulares, y el escándalo es tan grande como el Big-Ben, por pijismo. ¡Más de un uno por ciento de caballo! Carne más sana que la de ternera y la de cerdo, la que los pediatras recetaban antaño para niños faltos de hierro. ¡Qué horror! Y las horas mueren y los minutos de la basura, como gusanos, vuelven detritus alimento perfectamente comestible para estómagos vacíos que podrían alimentarse del fraude alimentario. Qué maldad, decimos en España, dar carne de caballo a los pobres.

Con 870 millones de seres humanos hambrientos se permite que toneladas de alimento, listos para comer, se pudran. Tememos lo equino quizá por consanguinidad; vivimos inmersos en la burrocracia.

Leer más