Mercadona y su dogma de fe

17 de agosto de 2012

Encontré a J…, una amiga de la infancia, en la sección de licores de un supermercado Mercadona, ordenando botellas. J… colocaba de forma distraída productos en los estantes con mirada cabizbaja. Cuando se percató de que no estaba sola en el pasillo, le cambió la cara automáticamente y sonrió como si hubiera pulsado el botón oculto de “felicidad absoluta”. Al girarse y verme, perdió parte de la falsa expresión y sus facciones se relajaron. Suspiró.

Me sentí muy aliviado. Las personas que sonríen obligatoriamente, como las nadadoras de sincronizada (jubilosas y pizpiretas, podrían ahogarse en un piscina de lava), me dan más miedo que un hombretón con camisa de franela y máscara de hockey. Hicimos el clásico saludo estándar (cuantotiempo) y le hice el, también clásico, comentario mercadono-estándar: “tienes suerte de estar aquí, con lo mal que está todo”. J… miró a izquierda y derecha, y puso la cara que debería tener Darth Vader cuando anunció su paternidad. Mi amiga bajó la voz y contestó “no creas todo lo que se cuenta. Trabajo aquí porque no me queda otra, pero las condiciones…”. La conversación finalizó bruscamente. Una compañera suya, que perseguía a un comprador con una bolsa de madalenas en promoción (que-ahora-están-a-muy-buen-precio-sabe-usted), asomó la cabeza y J… recuperó su felicidad de electroshock, empañada de tristeza velada.

Sigue tras el salto…

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