El pulmón del sur

15 de julio de 2010

¿Qué es una ciudad, sino la gente? 

W. Shakespeare

 

El avión acababa de despegar, y aquel niño -mocoso, rebelde, contestón… un niño verdadero-, canturreaba excitado, mirando por la ventanilla. El sol, especialmente radiante, teñía el espacio de cían inmaculado. El cielo curvo abrazaba la superficie terrestre. El niño, observó en silencio unos minutos; después, tiró de la manga del padre y exclamó: “Papá, ¿por qué el suelo está lleno de cuadraditos?”. Su padre sonrió. “Es el campo, desde el cielo se ve de esa forma”. “El campo… ¿Y dónde están los árboles?”…

¿Dónde están los árboles? Mi campo, el campo de muchos, nunca tuvo árboles. Para las personas criadas en la meseta castellana, el campo -árido, pelado, cuadriculado- es el lugar donde se acaba la carretera. Los árboles no son fundamentales. Campo es cultivo, espacio vacío, nada labrada que a veces revive surcada por mares verdes de trigo. Campo no es bosque, sino sol de justicia, ausencia de edificios, concierto de chicharras. Hemos tenido que crecer para entender que el patchwork terrestre está tejido por manos humanas. Hace 10.000 años, la mitad de la superficie terrestre era bosque. Hace 10.000 años, los bosques menguaron a medida que el hombre se organizaba en sociedad y deforestaba. La ciudad se nutría de vegetación, y la vegetación se alejaba de los núcleos urbanos.

 En el siglo XXI, la ecología vuelve a ser prioritaria por orden de la madre tierra. Se quieren recuperar los pulmones verdes, las zonas secuestradas por la sobrexplotación y el asfalto. En Madrid avanza -despacio, demasiado despacio- Bosquesur, un espacio verde de 900 hectáreas que une las principales ciudades del cinturón industrial de la capital. Los vertederos y las tierras baldías son devueltas a los antiguos inquilinos de la zona: alcornoques, encinas, quejigos… aún jóvenes, crecerán y serán el legado positivo de una generación rodeada de ciudades dormitorio y conpiraciones de ladrillo. Las personas, el verdadero esqueleto de las ciudades, quieren volver a respirar, necesitan saber que sus impuestos echarán raíces, cuando no rehabilitando bosques existentes, fomentando nuevos entornos verdes. James Lovelock, el creador de la teoría Gaia, tradujo de forma concisa el comportamiento que lleva a deforestar: “Tristemente, es mucho más fácil crear un desierto que un bosque”. Quizá sea cierto, pero a los seres humanos, siempre nos han encantando los retos.

(Lucha en tu comunidad por más espacios verdes).

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