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Cooliflower Rebecca

La locura del Fast Fashion

10 de junio de 2014

**Update 26/06/2014**

Cooliflower RebeccaEl pasado abril se halló una botella en el mar con más de cien años. Fue lanzada al Báltico por Richard Platz, y devuelta un siglo más tarde a su emocionada y sorprendida bisnieta, residente en Berlín. Aunque los mensajes recogidos en las playas se identifican con náufragos de otros siglos, solicitando auxilio, la mayor parte de estas “llamadas”, como la de Richard, se lanzaban con intenciones lúdicas; se jugaba con la simple idea de llegar a un desconocido. Eran mensajes de descubrimiento, con remite y destinatario al azar.

Hay otros mares de agua estancada, con náufragos anónimos que intentan hacer llegar su voz oculta, por temor a recibir severos castigos. Rebecca Gallagher es una joven del Reino Unido que ha encontrado en la etiqueta de un vestido, comprado en Primark, la siguiente frase: “Forced to work exhausting hours” (Obligado/a a trabajar agotadoras horas). La cadena textil irlandesa ha decidido investigar la procedencia del mensaje, como si desconocieran de antemano las paupérrimas condiciones de trabajo en la producción de sus prendas.

Si no leíste en su momento este post, al que añadimos la actualización del mensaje de auxilio, es un buen momento para hacerlo. Piensa en todos los náufragos laborales que malviven cosiendo la ropa que vestimos, esperando ser rescatados.

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El 24 de abril de 2013 al menos 1.130 personas fallecieron, y más de 2.000 resultaron heridas en el colapso de un edificio en estado ruinoso en Bangladés. Todas ellas eran trabajadoras y trabajadores textiles hacinados en un espacio diminuto, dejándose la vida por sueldos precarios. Fabricaban prendas para compañías occidentales reconocidas como Primark, El Corte Inglés, Bon Marché o Benetton.

2014-06-10_131649The Shirt On Your Back (The Guardian) recuerda el lado oculto tras la moda en un magnífico documental; nos traslada a los extrarradios de Daca, la capital de Bangladés, un lugar en el que “el ritmo de la vida se determina por los ritmos de producción”. La velocidad de trabajo, la pauta en los comportamientos de supervivencia se marca desde el extranjero: es la moda de rápido consumo que requiere  bajo coste y mano de obra barata. Las “cuatro estaciones” de la moda se han sustituido por un calendario aberrante que incita al consumidor a cambiar sus prendas por nuevas colecciones una vez por semana… ¡Más de cuarenta temporadas distintas al año! La Fast Fashion se alimenta de precariedad, la misma que nutre el PIB de Bangladés, creciendo como la espuma bajo el aliento de la miseria. Las fábricas se multiplican gracias al precio de su mano de obra, la más barata del planeta. La tragedia de 2013 -llamativa por número de fallecidos, desgraciadamente, no la única- llegó tras añadir tres plantas suplementarias a un edificio que no estaba preparado para soportar el excesivo peso. Las grietas en la estructura se advirtieron un día antes del desplome, pese a ello, los empleados textiles fueron obligados a continuar en su puesto de trabajo. Esperaban su propia muerte por orden de arriba, con la connivencia de las autoridades.

En The Shirt On Your Back, podrás conocer una realidad distinta que se encuentra muy cerca de ti, dentro de tu armario. Trágicas realidades como la de Mahmuda, una trabajadora que cosía 120 piezas de ropa por minuto, diez horas al día, seis días a la semana por 78 euros al mes. Te impactarán otras vidas… que ya no lo son, perdidas en el derrumbamiento.

El documental muestra una barbaridad que permite al mundo “civilizado” poder cambiar de camiseta a velocidad y precios ridículos para vivir un estilo de vida descerebrado, con gran margen de beneficios y nulo margen de sostenibilidad ecológica y social.

Aprenderás a detestar la locura del Fast Fashion y notarás el enorme peso de la camiseta sobre tu espalda.

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Tus gambas, su destrucción

2 de octubre de 2011

Local App Broker For Local Marketersnt/uploads/2011/10/Gambas_al_ajillo_Javier-Lastras_Wikipedia.jpg” alt=”” width=”300″ height=”200″ />Sin remontarnos en exceso en el tiempo, antes de que gambas y langostinos se convirtieran en armas de destrucción masiva, fueron sabrosas joyas en banquetes. Valiosas viandas, se reservaban para ocasiones especiales. El mercado era bastante menos global, por lo que el marisco autóctono y de alta calidad (como las gambas de Palamós) era -y es- un lujo escaso tanto por sobrepesca como por misteriosos ciclos de reproducción. En efecto, más que de productos de temporada, se podría hablar de productos de añada (por favor, que nadie consuma una gamba “cosecha del 85”).

En EEUU todavía les tienen un “poco de cosa”. Algo bueno dejó el cine de terror serie “C”: a los estadounidenses, en general, les produce repulsión tanta pata y antena junta. En contraste, el furor por este crustáceo en Europa crece. Las dietas “milagrosas” proteínicas, la adopción del sushi como trendy y, porque no decirlo, la tontería de comer asequibles langostinos tigre ha disparado la demanda. Repentinamente, el congelador de los supermercados se llena de cajas de gambas a precios de calcetín de mercadillo. ¿Y quién quiere saber la procedencia, con lo barato y rico que está? Se acaban las bromas tras el salto…

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