Reclama tu coche eléctrico (I)

25 de agosto de 2010

Queremos coches eléctricos. Y los queremos ya, sin esperas, en nuestra puerta, sin malos humos; coches económicos, eficientes y reciclables. Podríamos tenerlos… si el mundo quisiera.

El coche eléctrico es muy antiguo. Antes de que finalizase el siglo XIX ya se fabricaban los primeros automóviles con baterías recargables. “Le Jamais contente”, capaz de superar 100 kilómetros por hora, era belga, eléctrico… y se construyó en 1899. El primer motor híbrido funcionó por primera vez en 1916. A principios del siglo XIX, cuando los vehículos de motor sólo circulaban por ciudad, los coches eléctricos se convirtieron en objetos de deseo. Las ventajas con respecto a los de combustión eran evidentes: rapidez de funcionamiento, facilidad de manejo, nula emisión de gases e imperceptibles niveles de ruido y vibraciones. El coche eléctrico unía grandes virtudes a un muy pesado lastre: la autonomía.

El siglo avanzaba, y la tendencia de la industria del automóvil se desviaba del uso basado en trayectos cortos. Los vehículos ya no eran meros medios de transporte urbanos y las distancias a cubrir se incrementaron. Los utilitarios, más asequibles, seguían la estela del Ford T; se reproducían como cucarachas de acero sobre carreteras mejoradas, recorriendo todos los puntos geográficos. El automóvil ascendió a bien común y cercano. Representaba el individualismo, el triunfo del hombre sobre la máquina, la libertad impulsada por combustibles baratos. El transporte por carretera crecía y el automóvil eléctrico quedaba relegado a un nebuloso sueño para científicos excéntricos y coleccionistas.

 Los intentos por reavivar la chispa del automóvil eléctrico durante el siglo XX eran inútiles, a pesar de que el precio de los combustibles fósiles se incrementaba y surgían nuevas tecnologías que aumentaban la autonomía de la carga eléctrica. La industria al completo, la base mundial del mercado de consumo, rendía pleitesía al petróleo. Las grandes fortunas controlaban el combustible y el combustible movía la sociedad. El petróleo, como cualquier otro bien, resultaba más rentable cuanto más escaso se volvía. De este modo, el precio de los vehículos descendía al tiempo que la gasolina superaba máximos históricos. A finales de siglo, el automovilista se había convertido en un yonqui del asfalto, en un enfermo crónico de los surtidores (continuará).

Video: Automóvil Baker, 1901, circulando a 40 km/h

Leer más