El último mordisco de Steve Jobs

13 de octubre de 2011

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280″ height=”343″ />En 1985, Steve mordió la manzana del árbol de la ciencia y fue expulsado del paraíso Apple. El pecado, su pecado recurrente, fue la excesiva terrenelidad que transmutaba lo incomprensible en inteligible, lo binario en gráfico. El jardín del edén de mr. Jobs penalizó sus imaginativos puentes sobre abismos de tecno-perorata. Exiliado, encontró compresión al este de Apple, en Pixar. La pequeña empresa de animación se hizo mayor con alta tecnología para diminuto público.

El éxito le devolvió a una manzana que marchitaba por falta de creatividad. El Dios corporativo necesitaba reencontrarse con el hombre. Y el mundo se simplificó por su obra y gracia digital; es la extraordinaria complicación de lo simple. Todos lo sabemos: las mejores vivencias se componen de procesos complejos en fondo y fáciles en forma.

Cuando los iphonedictos esperaban la resurrección del mesías terrenal en la última presentación, Steve tuvo la deferencia de morir como había vivido, con sencillez y elegancia, explicando antes de apagar la privilegiada CPU que el mayor logro de su vida eran, sin duda, sus hijos.

No hay tecnología que reemplace a la humanidad.

Audio: Homenaje cooliflowerense hecho íntegramente con un sencillo MacBook (Música: Camille Saint-Saëns, Aquarium).