La teoría de Anaïs

1 de septiembre de 2011

Bordeando el camino de tierra se alzaba una llamarada verde de infinitos tonos. Toda clase de arbustos y hierbas se mecían plácidamente al compás de una tenue brisa. Era una agradable tarde de primavera. Caminábamos.

Anaïs observaba los cambios, imperceptibles para un eco-urbanita, que indicaban la posición de los espárragos silvestres. En pocos minutos yo, con el orgullo baldío de los ignorantes, había recogido unos cuantos ejemplares de delgados espárragos… tan esmirriados que resultaron ser hierbajos, sin valor gastronómico. Anaïs flexionaba las rodillas lentamente y miraba, volvía a mirar; bajaba y subía la cabeza como si realizase un extraño ritual de apareamiento entre aves. El sinuoso baile daba sus frutos: los espárragos silvestres aparecían allá donde mi vista se perdía en el intrincado laberinto esmeralda. Anaïs era sabia entre savia y yo, tonto entre tomateras.

-No sabes mirar -me comentaba mi paciente amiga –no puedes ver a los espárragos porque debes de ponerte a su altura, tienes que mirar “a los ojos”-. Yo escuchaba con la inocente soberbia de los listillos vocacionales. Me preguntaba cuánta hierba de aquel precioso entorno era fumable… y la cantidad que había probado Anaïs hasta dotar a un vegetal de visión propia.

Me reí y prosiguió:

-Si buscas un espárrago desde arriba, pasará desapercibido, es demasiado pequeño; su estrecho perfil se confundirá con el resto, si te agachas demasiado los tallos se harán grandes, inescrutables. Para encontrar primero necesitas ponerte a su altura.

Mientras caía la tarde, aparcaba el orgullo y recogía mis primeros manojos, pensaba en los espárragos que había perdido por falta de miras, así como en todo lo que dejaba escapar entre maleza víctima de perspectivas, humildad o soberbia.

¡Qué complicado es saber mirar a los ojos de un espárrago!

 

(Encuentra dos formas de cambiar el punto de vista aquí y aquí).

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