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Cinco dónuts y café con sacarina

15 de noviembre de 2012

La conocí en un vending, de nombre extranjero. La encontré con bollos, al atardecer. Era oronda y rubia, como barril de cerveza. En su voz amarga había la tristeza doliente y cansada del comelotó

 Y recuerdo sus palabras, sí, que el tiempo ha ordenado en mi cabeza con lirismo ridículo, invadiendo la letra de la copla Tatuaje:

Mira el café edulcorado

y estas lorzas de mujer.

La genética me lo ha dado

y eso que soy “de no comer”.

La grasa llegó, y se ha instalado

vaya, ¿qué le voy a hacer?

Si yo soy de huesos anchos

¡Es la maldición de ser mujer!

Aquella muchacha, con un grave problema de sobrepeso, se citaba cada mes con el endocrino. Y con la bolsa de patatas fritas, cada dos horas. Seguía una dieta estricta en la que no mezclaba productos sanos y comida basura, porque no comía productos sanos. Si se llevaba el tupper a la oficina con algo vegetal, procuraba dejarlo de lado (las acelgas, contaba, le engordaban). Comía con bebida “para deportistas” y repetía postre. Era devota del evangelio según san Sacarino, patrón de las excusas tontas: “Y devorarás en abundancia los frutos de grasas saturadas, si me bendices en tu café”. Discutir con ella sobre salud era perder el tiempo, por mucho que explicaras que una cucharada de azúcar contenía 20 calorías y una bebida isotónica, 90. Según decía, suspirando, era fuerte porque sus padres (tan anchos como altos) le habían transmitido un estigma genético. Y así era, pero se trataba de otra maldición, la del “yo no he sido”: “Comerás del árbol del bien, del mal, del regular, del McDonalds y de cualquier ser vivo que yazca en freidora. Tu pecado serán los cromosomas” (Sacarino 9.90, libro de los filibusteros).

Dejando de lado la historia anterior (¡real!), estos son datos serios de la OMS: “Cada año fallecen por lo menos 2,8 millones de personas adultas como consecuencia del sobrepeso o la obesidad. Además, el 44% de la carga de diabetes, el 23% de la carga de cardiopatías isquémicas y entre el 7% y el 41% de la carga de algunos cánceres son atribuibles al sobrepeso y la obesidad.”

En días de mango africano, cápsulas de alcachofa, danacoles y otros productos “milagrosos”, es momento de recordar que para mantenerse en forma hay que comer menos, mejor y, a ser posible, de modo natural y con abundancia de vegetales. Para los no vegetarianos cabe recordar que las carnes de calidad -con moderación-, son buenas para la salud; lo malo es la botella de vino, el chupito y las horas posteriores frente a la televisión. Sí, menos velas a san Sacarino.

Artículo sobre nutrición muy interesante en The Ecologist. Está escrito en inglés pero (para seguidores de san Sacarino) Google tiene un botón traductor. 😉

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¿Obeso o vigoréxico? La tercera opción

8 de agosto de 2010

Es una niña guapa, hermosa. Muy hermosa. Demasiado hermosa.

Se bambolea de lado a lado. Con diez años aparenta catorce, toda la ropa le viene pequeña. Le encanta la pastelería industrial y las chuches. Su madre -garza aeróbica- la acompaña al endocrino. Su niña -piensa- tiene un problema; no se la ve “en forma”, brillante… no es una triunfadora como ella, un espárrago de sonrisa fluorescente tejida en alambre, pintada con aerosol marrón… Está preocupada, pero sonríe; las inyecciones de botox no la dejan aparentar mal humor.

Son madre e hija cotidianas. Niños sobrealimentados y sobreprotegidos. Adultos que pretenden prolongar el feliz tiempo del instituto. El patrón de conducta en España ha cambiado: de la sana dieta mediterránea y el consumo de productos naturales se ha pasado a una de las tasas de obesidad infantil más altas de Europa. En etapa adulta -quizá motivados por la crisis o simplemente por el culto a lo externo-, se someten a cualquier poción milagrosa o quirófano para perpetuar la juventud. España es el país número uno en operaciones de cirugía estética de la unión europea.

Y con todo: cremas milagrosas, liftings, liposucciones o complejos multivitamínicos, el aspecto se modifica sin remedio porque la química convive con nosotros. Somos, por efecto de la química, menos fértiles, menos resistentes, más propensos a las enfermedades… son los interruptores endocrinos, famosos tras la obra “Nuestro futuro robado”. Los “interruptores actúan como hormonas artificiales y están presentes en muchos productos de consumo, desde la leche hasta el maquillaje. La influencia de estas sustancias ya es palpable. En 2007, la revista médica Pediatrics situaba el inicio de la pubertad de las niñas en menos de diez años, quince años atrás la media se situaba casi en once años. El desarrollo prematuro provocado por los químicos es un indicador desfavorable de salud, como constatan estudios recientes, encontrando vínculos entre la pubertad temprana y el riesgo de sufrir diabetes y cáncer.

Cooliflowerenses ¿Qué hacer al respecto? Quizá lo primordial es pensar que salud es estar sanos, no aparentarlo. Hay que informarse sobre los productos que utilizamos a diario, vivir y dejar vivir de forma natural… Plantearse que la vejez es un proceso natural, no un delito; que los niños deben manifestarse, jugar y correr. Se pueden limitar los químicos y recuperar lo natural. Deberíamos preocuparnos por neuronas y corazón bastante más que por pectorales y nalgas. Como dice la canción de Radiohead “la gravedad siempre vence”.

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