Camino a Copenhague (I): El anzuelo

11 de noviembre de 2009

Como un pez que ha mordido el anzuelo. Las branquias se expanden buscando agua y el pescador observa su pieza. Con las escamas relucientes manchadas de arena, es devuelto al agua. Su corta memoria le arrastrará en poco tiempo, de nuevo, a sentir el aguijón del acero y asfixiarse sobre la orilla.

Copenhague CO2

Los anzuelos para humanos son otros: Palabras, palabras, palabras… Palabras para olvidar, para adormilar nuestra memoria de pez. Prometer es gratis; así se ganan horas, corazones, elecciones o un premio Nobel. Quizá sea nuestra educación, o tal vez un mal endémico asociado al siglo XXI, donde los problemas se ignoran a golpe de zapping y nos ahogamos en mares de retórica.

Manifestaciones, pancartas… sociedades que no desean vivir de fantasmas dialécticos. “Mientras vosotros decidís, nuestra gente muere”, dijeron en Barcelona los representantes africanos, y se plantaron, y utilizaron el único derecho que les dejaron ejercer, el del enfado. El hartazgo ha devenido en rebelión porque en África, el continente trazado por niños con escuadra y cartabón, ya han mordido muchas veces el anzuelo. Acostumbran a caer sobre la arena de la orilla una y otra vez y dicen no querer asistir a otro sepelio climático sin firmar un acta de defunción apropiada. No olvidan que, si se refrenda el fracaso, el diez por ciento del mundo decidirá, cual parcas con trajes de 9000 dólares, quién y cómo debe morir.

Y mientras tanto, aquí se utiliza el cebo más poderoso e hipócrita, el económico: España compra 25 millones de euros en derechos de emisión a Polonia. ¿Dinero? Ego te absolvo.

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