¡Oferta! Me rebajo

10 de enero de 2016

El aroma dulzón se siente a decenas de metros. El cebo olfativo de Abercrombie es imitado por grandes cadenas. Huele a sensual carnaza recién expuesta.

Un penetrante tufo a vetiver invade los percheros y se funde con las feromonas exaltadas de premaduros y postadolescentes, todos con los ojos a punto de saltar de sus órbitas. Vuelan en círculos sobre las estanterías con cara de buitre leonado. Se quitan de las manos las prendas, ladrando risas de hiena. Hay codazos, empujones, casi mordiscos; agobios de sabana africana. Las tallas medias (gordas gacelas heridas) son devoradas rápidamente por las máquinas registradoras. Una señora de abrigo canoso intenta saltarse la cola y es reducida por una joven hembra alfa, de enormes tacones y enhiestos push-up. Se escuchan graznidos de aprobación.

En poco tiempo la bandada huye, dejando las perchas en los huesos. Apenas quedan despojos de tallas “S”, así como cadáveres de prendas sin descuento. Las tarjetas de crédito tiemblan en sus madrigueras, enfermas de números rojos.

Los gerentes se frotan las manos tras el festín: Con un ritmo brutal de casi una colección al mes, rebajar ligeramente prendas que pronto serán outlet es una bendición del cielo. ¿Qué supone dejar de ganar unos euros, si el margen es enorme y las ventas se multiplican? El coste de producción de una prenda Made in Bangladesh es ínfimo: Un obrero afortunado cobra 0,25€ la hora… y en ese tiempo puede llegar a coser hasta 80 camisetas.

En rebajas, prácticamente todos caeremos en la tentación de llenar nuestros armarios con ropa que costará lo que vale, ropa rebajada que se degradará tan rápido como nuestro concepto de comercio justo.

En los saldos olvidamos el slow fashion, a la costurera sin descanso, el proceso de producción… todo queda anulado por el descuento. Estamos de rebajas, rebajándonos.

(Pssh… Si te ha gustado esto, quizá te interese esta entrada del 2015: No lo puedo evitar, yo soy así).