Por esto nos indigna la muerte de un león

6 de agosto de 2015

¿Por qué nos indigna más la tragedia de un león que la de 100 personas?

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“La habituación afecta a la sensibilización. La noticia reiterada deja de tener la misma capacidad para impactar. La estructura y los contenidos habituales en los medios de comunicación nos acostumbran a las desgracias humanas”.

Ver artículo completo en El País.

Los expertos, esas personas rescatadas del anonimato cuando interesa influir en la población; los subrayadores de opiniones variopintas (si la infalible Wikipedia se queda corta), han opinado en El País sobre nosotros, la gente rara, los que ponemos el grito en el cielo ante el maltrato animal y nos olvidamos de nuestros vecinos humanos.

En el curioso artículo, como si fuéramos especies mutantes, intentan desentrañar nuestros misterios, los de gentuza como tú, como yo, capaces de empatizar con otras especies más que con la propia. Entre tanta opinión experta se olvidan de la que más les debería interesar, la de los afectados por esta rara enfermedad. ¡Expertos, periodistas, pregunten a la fuente, vengan a decirnos a nosotros, los deshumanizados, de dónde vienen nuestros perversos pensamientos!

Miren, aunque no nos pregunten les responderemos, es más sencillo de lo que creen: la muerte del León Cecil nos ha indignado, pero no porque lo veamos como un peluche; tampoco porque de adolescentes mezclásemos Licor 43 con Cointreau, ni porque en los medios haya adquirido la magnitud que nunca ofrecen, por ejemplo, a los inmigrantes ahogados (cada día, cada hora) con la connivencia de periodistas del amarillo y autoridades pertinentes. Quia. Seguro que ninguna persona de nuestra ralea desea el mal ajeno; es más, la inmensa mayoría defendemos al ser humano. A nosotros nos indigna otra cosa: la palabra negada a otros seres vivos, a los que no tienen voz.

Nuestra indignación es doble, porque hemos de indignarnos por quienes no pueden hacerlo. Ellos no pueden decidir entre seguir con la cabeza puesta sobre los hombros, o servir de diversión a un pobre adinerado, cuya afición es matar a un escaso ser vivo del que no aprovechará la carne, sino que sólo alimentará el ego.

Y no se equivoquen, nos gusta la gente; la bondad es infinita, no excluyente. Las personas indignadas por el maltrato animal también nos manifestamos por otros motivos, e incluso colaboramos con asociaciones de ayuda al ser humano. Somos voluntarias, y activas; si levantamos la voz por Cecil, por el Toro de la Vega, o por cualquier otro al que se trate vilmente no es debido a nuestra falta de humanidad, sino a que nos sobra para repartir entre otras especies.

Como dijo “el experto” Schopenhauer: La compasión universal es la única garantía de la moralidad.