Nos criamos esperando la nieve

23 de diciembre de 2015

Por Navidad, nos criamos esperando la nieve. Representábamos el veinticinco de diciembre con trineos, renos mal dibujados (perros mutantes) y belenes enharinados. Cualquier niño con televisión, desde el Valle de la Muerte, hasta el desierto de Almería, soñaba con su propio y sonriente muñeco helado.

Nos imaginábamos rodando una enorme pelota blanca, escogiendo pipa, bufanda y zanahoria, sintiendo la mordedura de Jack Frost en la nariz… congelándonos de puro gozo. Y lo máximo que nos caían eran bolas de granizo del tamaño de asteroides, en plena primavera. Sólo nevaba para algunos escasos hispanohablantes. Para el resto, para los locos que recordamos cantar El Tamborilero en el Polo Norte, nevaba interiormente, en la imaginación. Dentro de nuestras cabecitas sobrevivían lugares de frío cálido, sitios donde los amigos imaginarios conducían trineos por paisajes helados. Esos espacios siguen vivos, y se archivan campeonatos del mundo, bacanales orgiásticas, aplausos espontáneos; en general, toda clase de realidades paralelas. Es el Nerverland del «aquello que nunca fue».

No sabíamos nosotros, los chavales sin nieve, que en los confines de nuestro mundo había niños rubios y pálidos con otros sueños, sueños de calor y bronceador… delirios de grandeza sobre tablas de surf y torneada piel tostada. Ellos estaban hasta el gorro de navidades blancas y canciones bajo la chimenea. Estaban hasta el salmón ahumado de descongelarse en primavera. Así, suponemos, hay adultos noruegos que terminan practicando voley playa, en vez de curling. Y ni se resfrían (no hay sistema inmunitario más poderoso que la autocomplacencia).

En fin, toda esta insatisfacción meteorológica tenía un sentido. Desde bien pequeños, deseábamos lo que no teníamos porque los seres humanos somos complejamente simples. Desde que vivíamos en una caverna, hasta que nos gobernaron desde una caverna, tendemos a recolectar y acumular. Lo queremos todo: frío y calor, estabilidad y aventura, jolgorio y abdominales… queremos estar negros a cero grados y blancos a cuarenta y cinco. Queremos ser adultos a los 16, y jóvenes a los 61. Queremos a los que no nos quieren, votamos a los que nos botan, compramos frutas exóticas en España, y paellas en el Tíbet. Queremos ser alguien, pero no sabemos quién.

Queremos todo, sobre todo, si no necesitamos nada.

Esta Navidad os deseamos resumir vuestras peticiones navideñas a un par de cosas: gafas para ver de cerca, y amor del bueno. Niños grandes, si hay salud, ¿quién necesita más?

Feliz Navidad desde Cooliflower.