La incultura del miedo

4 de junio de 2015

Obsérvate como tu adrenalina se dispara, el corazón se acelera. Las conexiones sinápticas solicitan peaje. ¡Qué ojos! Tus pupilas, prestas y atentas, tienden a dilatarse, como si fueras un gato encocainado. El vello se te eriza y aparcas el razonamiento  en cuarta fila, en el quinto pino, al fondo de tu cerebro para jugarlo todo, absolutamente todo, a una sola carta.

Mira: el riego sanguíneo se redistribuye, fluye hacia tus extremidades. Eres todo aparato locomotor. Quizá sufras arcadas (la digestión es secundaria). Tus músculos, con sobredosis de adrenalina, pueden exceder límites inimaginables. Eres el gran Usain Bolt… con la cabeza de Hulk Hogan. Eres un Ferrari, un Ferrari en caída libre. El razonamiento es historia. Tu Yo inteligente se marcha por instantes. Se ha activado el piloto automático. Y retrocedes en la evolución. Ya no eres sapiens; en un momento, eres un tosco neandertal; en segundos, involucionas. Eres habilis, austrolopitecus, simio, prosimio… eres un lémur, y luego un cocodrilo tarado al que le falta un hervor. No te enteras de nada. Has descendido hasta perder el juicio y la sentencia es firme: la prisión de la idiotez. Eres un animal. Y no te has “metido nada”. Todo, todo es por tu estúpido

MIEDO

, miedo que te impide pensar.

La próxima vez que te achantes ante una amenaza velada o evidente párate y respira; ser inteligente es ser valiente. Que no te digan, infundiéndote miedo, qué pensar, a quién votar, de qué reírte, a quién pitar, por qué luchar o salir a la calle. Que nada ni nadie cierre tus conexiones sin buenos fundamentos y te obceque, te embrutezca, te haga caer en la incultura del miedo.

Que nadie te haga dudar con “lo malo por conocer”, porque lo malo conocido está limitado, y lo bueno por conocer es infinito.

Vive sin miedo, y cambiarás el mundo.