La certeza de la duda

16 de mayo de 2014

“El cambio climático, que una vez se consideró un problema propio de un futuro distante, se ha mudado firmemente al presente”, sentencia el informe, elaborado durante cuatro años por más de 300 científicos del país y supervisado por el Gobierno de Barack Obama.

Agencia EFE

La contracción de los glaciares en la Antártida occidental ha cruzado un umbral y es ahora “irreversible” e “imparable”, según afirmaron el lunes 12 de mayo científicos que han estudiado los datos recogidos durante cuatro décadas por la NASA.

El Mundo

PolarEntre la duda, nos movemos como un barco a la deriva, en busca del faro de la certeza.

“Si no lo veo, no lo creo”. Y si lo veo, me reservo el derecho a permanecer ciego porque lo cómodo, lo sencillo, es vivir engañado. Si todo fueran certezas, viviríamos demasiado estresados. Ignorar no duele, hasta que duele.

La inseguridad es adictiva; en la falta de equilibrio la libertad de escaqueo es absoluta. Nos permite levantarnos por la mañana sin dejarnos la piel en nuestra propia piel, caminando con desgana por el motivo que nos plazca. El amor es un invento de marketing, la familia nos ha tocado en suerte, el trabajo no compensa, todos los políticos son iguales, la verdad es un término ambiguo, la mentira es piadosa… No creemos en nada, ni nadie, porque fabricamos diez rebuscadas dudas por cada incipiente brote de certeza.

Incluso -¡cómo somos!- cuando son portada noticias estremecedoras, como el reconocimiento del cambio climático por el gobierno estadounidense, con cifras y datos concretos; o cuando se anuncia que el deshielo de los glaciares es irreversible, con la consiguiente subida del mar, aun se escuchan esas voces pro-duda de los solo creen en aquello que les besa, o patea, el culo. “Seguro que hay intereses americanos”, “ahora a Obama le da por salvar el planeta”, “¿glaciares? ¿Y? Mañana dirán otra chorrada”, “yo no me creo estos cuentos”.

Y algunos saldremos a la calle a buscar excusas para buscar otras excusas, pasando con desidia por la vida, jodidos con nuestra bonita existencia como si fuera una tarde de domingo, y ya solo pensáramos en el lunes. Melancólicos, porque lo mismo la vida se nos acaba antes de tiempo, como si desconociéramos que la vida siempre, siempre se acaba antes de tiempo.

Entonces leemos textos como este, y decimos, unidos por el miedo: “Nadie puede asegurarme nada”. Y lo peor de todo es que albergamos la certeza de mentirnos como auténticos bellacos, con tantas dudas sin fundamento.