Y aún así, reciclamos

3 de noviembre de 2013

Contenedor imposible Barcelona Cooliflower

Tienes el cubo lleno de plásticos, una pila de cartones y panfletos varios (profesor africano que cura la impotencia, depilación brasileña que hace lo mismo y recibos de la luz para descender la libido). Allí asoman, en un rincón de la cocina, las dichosas botellas de vidrio, que cobran vida cada noche para avanzar unos centímetros y hacerte tropezar; las oirás reírse con un clinclanclón de satisfacción.

 

La cocina apesta a orgía descontrolada de olores. El cubo de envases huele a suavizante con sardinas, el de los desechos orgánicos a intoxicación por marisco y la barrera translúcida de vidrio a “me tomo la última”. Los papeles no huelen a nada, son educados y se pliegan a las circunstancias. Normal; todos perdemos los papeles, pero ellos no se extravían a sí mismos.

El hogar es un mercadillo persa con pieles de plátano baratas-baratas. Reciclar consiste en iniciar una batalla doméstica por amontonar inmensidades en espacios reducidos; cuando el volumen amenaza con reventar cocina y convivencia, hay que conseguir que sea otra persona la que transporte días de dejadez.

-¿Te importa llevarte la bolsa, ya que bajas?

-¿A ti te importa explicarme el paralelogramo al huevo, ya que los tienes cuadrados?

Al final alguien pardillo, habitualmente el mediador bonachón o casco azul de los pisos (la persona que pasaba por allí) recoge la inmundicia colectiva y sufre el primer cortocircuito mental cuando debe abrir la puerta y le faltan manos. Piensa (es bonachón): “¡No debería apoyar la bolsa y liberar al ejército de bacterias que se propagará como una horda de consultores sedientos de PowerPoints!”. Por supuesto, la basura terminará en el suelo, la mano se pringará de alguna sustancia con aroma de aloe vera al tocino ibérico y llegará sudando y con cara de asco al contenedor. Y aparecerá el segundo cortocircuito.

Es el momento de hacer un alto en el camino y recordar a todos aquellos profesionales que diseñan nuestro día a día en su zulo multicolor. La próxima vez que lleves zapatillas de deporte de 70 euros y se te dé la vuelta la lengüeta o se despegue la suela, acuérdate de ellos. Los jefes que diseñan en la sombra, los grandes Masters of masters, decidieron hacer contenedores con agujeros diminutos para insertar grandes bolsas de envases. Los señores del Brunch, autocados por la mano de Duchamp, han creado espaciosos búnkeres para vidrio con un agujero VIP de “pase ordenadamente, de uno en uno”. Aquí llega el segundo cortocircuito.

Y es cuando el casco azul de la convivencia, luchando contra el diseño inverosímil, con  las manos manchadas de mermelada de fresa y tinta de calamar y tras ganar la batalla contra el diseño más idiota del mundo, decide que recicle Rita, o su primo Mambrú.

(¡Y aún así, oh guays del averno, reciclamos!).

“El 73 por ciento de los españoles separan residuos, lo que sitúa a España entre los diez primeros países en reciclaje de envases.”.