Romanticisma

23 de julio de 2013

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Los románticos, los de la cuarta acepción de la RAE, según llegan a mano izquierda, siempre lo han tenido difícil.

Cuando eran pequeños soñaban barbaridades. Se aburrían en clase y querían cambiar a las profesoras por hologramas de magdalenas. Jugaban solos, con amigos imaginarios o mal acompañados, con amigos imaginados. Se deshicieron a sí mismos, por aquello de desmenuzarse en pequeñas cosas, y en plena mengua les infravaloraron su memoria fotogénica, la que hace recordar detalles que nunca han sucedido. La memoria fotogénica tiene la particularidad de funcionar en todas las direcciones; inventa recuerdos recientes y deseos futuros, permite visualizar hechos bonitos e improbables y positivizar (a veces, inventar) pasados de a hierro mata sin hierro-muertes. Los románticos, con su memoria atemporal, creen en el amor para toda la vida, y el amor para toda la vida no acostumbra a creer en ellos; los románticos (allá van, con los pájaros siempre, siempre sobre la cabeza), se hartan de decir que “un mundo mejor es posible” y el mundo les da su espalda, que son las antípodas silenciosas, por falta de negocio.

Los románticos, los energéticos, pertenecen a una subdivisión que decidió formar cooperativas para exigir suministros renovables, o se decidieron a montar sus propios paneles solares para desconectarse de multinacionales. Entonces llegó alguien a recordarles que la familia es la familia, y el negocio es el negocio:

Industria gravará con un peaje la producción casera de electricidad. La tasa es un 27% por ciento más cara que la que se abona por comprar a las compañías eléctricas. Los ajustes asfixian a 30.000 familias con huertos solares.”.

Industria, tan malvado como suena, desea el bien común, común por habitual en Las Cortes. Recordemos que gran parte de los políticos “jubilados” se retiran en compañías energéticas, y los aspirantes a vivir de los favores pretéritos no están dispuestos a desconectar su ostentoso y descarado enchufe, tamaño desvergüenza nacional.

Pero los románticos, cooliflowerenses, no se rinden (allá van, con los pájaros siempre, siempre sobre la cabeza, silbando nuevas canciones).