Japón y China. En algo se parecen

23 de agosto de 2013

Japón y China son dos países del lejano oriente, y se parecen tanto como un rollito de primavera a una sopa de miso. Coinciden en que el idioma de ambos está basado en ideogramas (cada símbolo es una palabra). De hecho, el país de “el sol naciente” tomó su método se escritura de China. Y no fue lo único que tomó.

Las disputas de las dos naciones son legendarias, como sospechará cualquiera que haya visto películas clásicas de artes marciales. El argumento habitual de los filmes clásicos era: “han matado a mi maestro de kung-fu, y ha tenido algo que ver una escuela japonesa”. La mala prensa venía de largo; ambos países se llevan dando de tortas por cuestiones territoriales desde   que los nipones birlaron Taiwan a principios del siglo XX. Lo que se suele llamar “política expansionista” o “me lo quedo porque está aquí al lado y santa Rita-Rita”.

Sabemos, pues, que China y Japón comparten ideogramas parecidos, ojos rasgados y odio recíproco. Y poco más. A pesar de ello, en Españistán todavía hay humoristas, o sujetos que se llaman a sí mismos “humoristas”, que se ríen del acento y de las costumbres de China y Japón como si fueran una sola nación. Los graciosos que utilizan la ele imitando a japoneses deberían saber que los nipones no saben pronunciarla -el humor y la cultura son compatibles, Manolo Royo-. Si en Cooliflower incluimos a los dos países asiáticos en un mismo post es por su parecido en el peligro que suponen para la ecología.

Lu-Guang-Pollution-in-China-07China es un monstruo que consume recursos a una velocidad de vértigo. Es un país que se denomina comunista y se podría llamar super neo-liberal. En política los extremos se tocan, se acarician, yacen juntos y tienen hijos; el capitalismo salvaje y la política China se aman con locura. El gigante asiático es un país que no crece, revienta económicamente, y lo hace a cualquier ritmo, dejando residuos de violación de derechos humanos y carencia de ética. De la responsabilidad, para que nadie convierta estas líneas en odio xenófobo, habría que eliminar a los ciudadanos; son los máximos dirigentes los encargados de dar forma a la política. Y los occidentales tampoco ponemos barreras; en general la comunidad internacional permite prácticamente cualquier aberración si hay negocio, así poco importa si se lanzan niños por el retrete, cerdos en los ríos, o se cultivan productos orgánicos en tierras contaminadas. Los negocios con China seguirán.

“(…) Y he llegado a la conclusión de que lo “orgánico” de China es en gran parte un fraude. He aquí por qué… En primer lugar, se verá sorprendido al enterarse de que no hay límite a cuánto se permite de mercurio, plomo, cadmio, arsénico y aluminio en productos “orgánicos”. Es un hecho: el estándar USDA de normas orgánicas no tiene límites en los niveles de contaminación por metales pesados ​​de los alimentos orgánicos certificados. Aún más, no hay límite a la contaminación de PCB, BPA y otros productos químicos sintéticos que se permiten en alimentos orgánicos certificados, “superalimentos” y suplementos.”

Earthquake and Tsunami damage-Dai Ichi Power Plant, Japan

Japón, cuando no le da por meterse en guerras, es ejemplo de mesura y constancia. Después de que estallaran las bombas de Hiroshima y Nagasaki el país se declaró pacifista, aunque no renunció a la energía nuclear. El carácter estoico y sencillo de la población, es inherente al de una zona catastrófica natural. Es bastante habitual sobrepasar los 3.500 terremotos por año (el 20% mundial). Aproximadamente cada dos décadas se desencadena un temblor lo suficientemente grande como para producir numerosas víctimas. Vivir con la sombra de la muerte acechando en el calendario es bueno, porque te hace valiente, y es malo, porque te vuelve temerario. La central de Fukushima sigue funcionando, degradándose y perdiendo agua radioactiva. Y una cultura milenaria que vive de los productos del mar, los contamina.

La fuga de agua altamente radiactiva a la que se enfrenta la central nuclear de Fukushima es el peor incidente ocurrido desde que un terremoto y un tsunami provocaron en 2011 la mayor catástrofe nuclear desde Chernóbil. Lo que en un principio se clasificó como “anomalía”, según la escala internacional que mide los eventos nucleares, pasó este miércoles a ser considerado “incidente grave”.