El ataque de las carpetas

10 de julio de 2013

Avanzar por el centro de Barcelona es hacer una carrera entre carpetas. En la esquina del inicio de las ramblas, demasiado sonrientes para ser lunes, una pareja joven y tostada solicita cinco minutos. Los transeúntes los esquivan rozándolos; pasan con un “no” que suena a mugido, embistiendo las carpetas con trote de Miura asustado. La calma se vuelve prisa irracional.

El camino hacia Plaza de Catalunya es una repetición de la primera confrontación: ACNUR, Greenpeace, Amnistía Internacional… los captadores crean cercos y los paseantes avezados  buscan tretas con las que evadirse, por ejemplo, buscando el logo para decir “ya soy socio de…”. En ocasiones la estrategia falla. Una mujer de cincuenta y bastantes dice ser “colaboradora de Smint”. Señora, que esos son mis caramelos… (Anécdota real).

Hay quien se para. Un porcentaje mínimo se involucra, el resto lo hace para sentirse bien sin aportar un céntimo. El discurso suele empezar con un “yo os ayudaría pero…”. En verdad, la diferencia entre los que esquivan y los que se excusan es el grado de dicha. El que puede ayudar no lo hace porque es demasiado feliz para sentir la infelicidad. El que “quisiera, pero no puede”, se da demasiada lástima a sí mismo para creer en causas que no sean la propia. Como mucho, aporta para apadrinar a ratos la foto de un niño, todo dientes, que quizá ni exista, pero da buen rollo. Somos asín, que dicen los diplomados en barra fija al fondo del bar.

El día para los captadores de ONG acaba con dolor de pies y agujetas de ánimo; siempre hay una excusa para la excusa, que es, internamente y sin filtro: “cuando tengo fondos, son míos, cuando no, también, pero sois majos. Yo colaboraría por un mundo mejor, pero prefiero regalarme unas sandalias”.

Los captadores, cooliflowerense, son personas que también están trabajando y utilizan su tiempo en causas justas; en cada una de las carpetas hay depositadas muchas esperanzas. Ellos, como toda persona en este planeta, tienen algo que contar, con sus propias vidas y tiempo limitado. Como propósito de verano te recomendamos que pruebes a escuchar sus verdades, tan válidas y útiles que quizá hasta dejes de esquivarlas.
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