Mercadona y su dogma de fe

17 de agosto de 2012

Encontré a J…, una amiga de la infancia, en la sección de licores de un supermercado Mercadona, ordenando botellas. J… colocaba de forma distraída productos en los estantes con mirada cabizbaja. Cuando se percató de que no estaba sola en el pasillo, le cambió la cara automáticamente y sonrió como si hubiera pulsado el botón oculto de “felicidad absoluta”. Al girarse y verme, perdió parte de la falsa expresión y sus facciones se relajaron. Suspiró.

Me sentí muy aliviado. Las personas que sonríen obligatoriamente, como las nadadoras de sincronizada (jubilosas y pizpiretas, podrían ahogarse en un piscina de lava), me dan más miedo que un hombretón con camisa de franela y máscara de hockey. Hicimos el clásico saludo estándar (cuantotiempo) y le hice el, también clásico, comentario mercadono-estándar: “tienes suerte de estar aquí, con lo mal que está todo”. J… miró a izquierda y derecha, y puso la cara que debería tener Darth Vader cuando anunció su paternidad. Mi amiga bajó la voz y contestó “no creas todo lo que se cuenta. Trabajo aquí porque no me queda otra, pero las condiciones…”. La conversación finalizó bruscamente. Una compañera suya, que perseguía a un comprador con una bolsa de madalenas en promoción (que-ahora-están-a-muy-buen-precio-sabe-usted), asomó la cabeza y J… recuperó su felicidad de electroshock, empañada de tristeza velada.

Sigue tras el salto…

Aquella fue la primera vez que se empezó a resquebrajar mi fe en el marketing bíblico de Mercadona, indefectible y poderoso. Es más que convincente que una legión de amas de casa sermoneen constantemente sobre la calidad de sus productos “por encima de todas las cosas” (te alabamos, cómpranos). La segunda duda me llegó por las declaraciones de su presidente, ensalzando el modelo de los bazares chinos y su “que piensen más en los deberes que en los derechos” y eso de que “la cultura del esfuerzo y del trabajo destierre a la del maná”. Oh, Juan Roig, ¿por qué nos has abandonado? Fue buscar información y sentirme perdido: algunos trabajadores se atrevían a hablar de “secta”, de malas condiciones laborales… en cuanto al género, ¿cómo podían ser mejores algunos productos en los super de Dia, con lo desangelados que son sus pasillos de hospital, y el mosqueo perpetuo de los empleados?

Y, lo que me faltaba para apostatar, esta semana anuncian que Mercadona retiró 11 productos cosméticos de su marca blanca Deliplus por “mezcla indebida”. Habían juntado trietanolamina con bronopol, lo que podía generar nitrosamina, un inductor de tumores cancerígenos. La Agencia Española del Medicamento no pidió la retirada inmediata, pero solicitó un cambio en la composición… No hay ningún peligro, dijeron, pero los productos se sustituyeron y la noticia aparece ahora, un mes más tarde. Da la sensación de que aquí se han untado algo más que cremas al aceite de oliva.

 En el post Cosmética sin maquillar ya hablamos de las sustancias “ocultas” en los productos de belleza, donde lo ecológico, por salud, debería ser necesidad. Que una crema lleve “Aloe Vera” y parabenes varios, no es sinónimo de natural. Y menos, sin duda, si planteamos la interacción entre sustancias; las autoridades sanitarias no indican nada de las posibles consecuencias derivadas de la conjunción de, pongamos por caso, bronceador, crema hidratante y desodorante, cada uno con diferentes sustancias químicas. Las autoridades sanitarias, si vendiesen pistolas, aprobarían la pistola y las balas, pero se desentenderían de los disparos.

El conjunto de Mercadona, con salmos a la calidad, sonrisas a discreción y alma de bazar chino, también chirría en su oculta mezcla. ¡Ay, J…! ¡Mantén la sonrisa, que viene la encargada!