Melómanos y melónidos

27 de enero de 2012

Querido vecino: conduces como un mandril sentado sobre un cactus, adelantas por la derecha y nunca señalas la posición. Te lo perdono. Además, todos sabemos que los coches de alta gama no incluyen intermitentes.

 

Fumas un cigarrillo cada mañana y, tierno como un infante con dedos amarillos, dejas el rastro de colillas en el portal para conocer el camino de vuelta a casa. Y me lo tomo como un homenaje, macarra, pero homenaje, a Hansel y Gretel.

Me robas el catálogo de la televisión por cable, el de Ikea y los panfletos de ofertas del super. Generosamente, depositas en mi buzón pañuelos usados y las facturas que no quieres abrir. Supongo que, en tu compleja mente, es lo que entiendes por “intercambio de archivos”. Dejémoslo correr, pues.

Te perdono el perfume eau de axila porque, en las primeras etapas del rancio abolengo, tú que llevas camisas con caballito, aún estás “rancio”. Puede que el aroma a cosecha Saturday night sea ecologismo extremo para no derrochar agua. Aplaudo tu decisión con una pinza en la nariz.

Olvido aquella ocasión en la que, en plena contrarreloj urinaria, adelantaste tu micción antes de cruzar el umbral de tu puerta. Acepto que jamás me devolverás la batidora, los DVD de Mad Men y el paquete de profiláticos. Por favor, conociéndote, te ruego especialmente que NO me devuelvas el paquete de profilácticos.

Pero de lo que te culpo, melón, es de que me despiertes con acelerones en parado. No transijo con que compartas a Pitbull, cantante, según él (eslabón perdido entre Tony Manero y Torrente), a las cinco de la mañana. Paso olímpicamente de escuchar tus conversaciones a tal volumen que te podrías ahorrar el móvil, vecino. Se te escucha en un radio de tres bloques sin ayuda tecnológica.

Te digo, melónido, socio del club “pongo música en el metro para amenizar el trayecto” que la contaminación acústica también es contaminación y que harías bien, pero que muy bien, en leer este artículo del magazín Waste.