Me pone tu olor, baby

2 de octubre de 2012

Ahora que no escuchan los retrógrados, hablemos del polvo: El setenta por ciento del polvo de tu hogar son células de piel humana. Tu propio ser forma la constelación de brillantes satélites que baila frente a tu ventana. Acércate, mira afuera y dime qué ves. En plena y oscura noche podrás vislumbrar una cerilla encendida a 8 kilómetros.

Somos una especie sorprendente.

Sal a la calle, olfatea. Olerás multitud de aromas diferentes, unos 10.000 sin contar las feromonas que capta tu hipotálamo como un pícaro demonio, poniendo tu cuerpo patas arriba. El olor de una mujer en fase fértil es atractivo, tanto como los efluvios de los “rudos” hombres. Y sin atender a otras razones que no sea la compatibilidad genética. Gracias a eso todos –y digo todos, menos quejas- podemos ligar. El flechazo no viene precisamente por el efecto del desodorante. Muchos de esos olores están concentrados en esas zonas tan bonitas, y tan peludas, que el marketing quiere eliminar a toda costa. El exceso de higiene no sólo es malo para romper el equilibrio de la epidermis, también es negativo para encontrar una media naranja, o ese clavo que saca a otro clavo… Sobre la relación de carpintería, frutería y sexo, hablaremos otro día.

Como todo parece poco, si queremos oler como la sección de perfumes de un gran almacén, buscamos la “máxima eficacia”, lo que nos conduce al aluminio. Echa un vistazo en tus productos de belleza y desodorantes, por ahí anda, el puñetero. Hay numerosos especialistas que relacionan este metal con enfermedades tan serias como el cáncer de mama. También están los que dicen que “no hay pruebas concluyentes”. Lo que es imposible de encontrar, son estudios que afirmen la bondad del aluminio sobre el cuerpo, por eso te decimos: busca remedios naturales, como el mineral de alumbre.

Y si deseas engancharte a las endorfinas del amor en modo inodoro, piensa que 646 personas están disfrutando del sexo en este mismo instante. Y no huelen a ambientador de pino, precisamente.