Ganan los delfines

31 de mayo de 2012

 

En el juego de la vida las normas son compartidas y todos parten con opciones de llegar a su propia meta; nadie es superior a nadie. Cada pieza es básica en el engranaje del ecosistema. El único perdedor es aquel que se apropia de las normas, el que desvirtúa el tablero para adquirir ventajas. El que, por derecho autoimpuesto, se cree superior al resto.

En el juego de la vida, el espíritu choca contra escollos básicos. Son los clásicos naufragios, tan razonados como irracionales: alimento y gula, diversión y perversión, amistad y esclavitud, amor y posesión… Sucede por prepotencia, al creer que una emoción tiene más calidad cuando puede ser traducida a fonemas. Y el lenguaje es un medio, no un fin. Nunca se deberían igualar elocuencia y sensibilidad, palabrería e inteligencia.

En el juego de la vida los delfines, sin gramática mona, conocen las reglas. Les sobra la necesidad de fabricar, producir o conquistar un mundo que se rinde gentilmente ante el respeto. Los delfines ignoran la vanidad y quieren ser delfines, dejan a los humanos las simplezas de travestirse de gorilas, gacelas o leones. Pese a los maltratos y nuestra falta de lógica, nos entienden, se divierten. Juegan con las corrientes marinas y con otras especies, incluida la nuestra.

Así lo ha podido comprobar una parte del equipo Cooliflower en Bora Bora (ver vídeo adjunto), aceptados por una familia de delfines de igual a igual, mirándose a los ojos, bailando una danza universal. Aquellos que tuvieron la suerte de vivirlo, regresaron transfigurados al redescubrir el origen de la partida eterna, en la que siempre gana el que busca la felicidad sin adueñarse de la dicha ajena.

En el juego de la vida, tu mueves ficha, pero el tablero (nunca lo olvides) pertenece a todos.

Enlace: Una muy buena noticia en Ecologismo

“No puedo ganar, no puedo esperar

Nunca voy a ganar este juego sin ti, sin ti

Estoy perdido, soy vanidoso,

Nunca será lo mismo sin ti, sin ti”