Tus gambas, su destrucción

2 de octubre de 2011

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nt/uploads/2011/10/Gambas_al_ajillo_Javier-Lastras_Wikipedia.jpg” alt=”” width=”300″ height=”200″ />Sin remontarnos en exceso en el tiempo, antes de que gambas y langostinos se convirtieran en armas de destrucción masiva, fueron sabrosas joyas en banquetes. Valiosas viandas, se reservaban para ocasiones especiales. El mercado era bastante menos global, por lo que el marisco autóctono y de alta calidad (como las gambas de Palamós) era -y es- un lujo escaso tanto por sobrepesca como por misteriosos ciclos de reproducción. En efecto, más que de productos de temporada, se podría hablar de productos de añada (por favor, que nadie consuma una gamba “cosecha del 85”).

En EEUU todavía les tienen un “poco de cosa”. Algo bueno dejó el cine de terror serie “C”: a los estadounidenses, en general, les produce repulsión tanta pata y antena junta. En contraste, el furor por este crustáceo en Europa crece. Las dietas “milagrosas” proteínicas, la adopción del sushi como trendy y, porque no decirlo, la tontería de comer asequibles langostinos tigre ha disparado la demanda. Repentinamente, el congelador de los supermercados se llena de cajas de gambas a precios de calcetín de mercadillo. ¿Y quién quiere saber la procedencia, con lo barato y rico que está? Se acaban las bromas tras el salto…

Tierras destruidas, comunidades destrozadas

 

La Swedish Society for Nature Conservation ha financiado una investigación en Bangladés, difundida a través de The Ecologist, aproximando nuestra realidad a la de los habitantes que sufren las consecuencias de la gula occidental.

En amplias zonas de Bangladés ricas en gambas, las tierras se inundan con agua salada para crear “granjas”. Las áreas afectadas quedan desoladas, totalmente inútiles para la agricultura, además de desprotegidas ante desastres naturales. Los lugareños construyen pequeños diques para evitar inundaciones que los criadores destruyen con cañerías para permitir el paso de agua salada.

También se encuentran evidencias del uso de productos químicos. En el video adjunto, uno de los granjeros de gambas cuenta su experiencia con el pesticida mientras observa cómo el agua fluye de las cañería a sus tierras: “todo moría a medida que el agua avanzaba. Incluso las serpientes”. El producto químico en cuestión es endosulfán; puede permanecer de 9 meses a seis años en la tierra se bioacumula en peces, mata a los anfibios y es un disruptor endocrino para mamíferos. Otro modo artificial de aumentar los beneficios es incrementar el peso de los langostinos inyectando agua, sin potabilizar, directamente en el cuerpo de los crustáceos antes de su venta.

 

No sólo un problema agrícola

Los pescadores locales utilizan finas redes (mosquiteras) para pescar. Como efecto colateral, se produce la captura de peces que aún no han crecido y ya no crecerán. Por cada gamba pescada por este método rudimentario de arrastre 50 crías de diferentes peces mueren. El “cultivo de gambas” conlleva otro drama humano, ya que se impone con intimidación, por la fuerza. Denuncias de violaciones, abusos, torturas, encierros… Los cultivadores (mayoritariamente empresas foráneas), detentan un extraordinario poder contra el campesinado que sobrevuela cualquier ley.

Dos mensajes de afectados que aparecen en el video ponen la piel de gallina: “Me gustaría decir a los consumidores que estas gambas se producen con el acoso a la gente pobre. Chupando su sangre, saqueando sus recursos, quitándoles las tierras para producir gambas. Para parar la sangría aquí, les pediría a los consumidores que no las tocasen”. “Si vosotros no paráis de comer gambas nosotros no tendremos otra forma de vivir y moriremos”.

VER VIDEO (Inglés)