Tendencias eco-vintage veraniegas

4 de agosto de 2011

Lo más in de París: En la foto, la joven luce un corte de pelo garçon, fundas dentales asilvestradas y un collar de látex ecológico contrastando con su aspecto ultra-bronceado (887€, La maison del zulú). Los senos siguen las últimas propuestas de la casa de Alba, perpendiculares a la superficie terrestre. Sobre la falda estampada de Custo un kidney (680€) se sitúa la pareja de niños, el complemento perfecto para una tarde de ocio wild vintage. Los encantadores infantes están tallados en material reciclado por I am so rich, so I am so silly (2.330€).

Todo lo anterior es una irónica tontería, evidentemente. La mujer y sus chavales pertenecen a una feliz tribu de pigmeos y no entienden de modas, vintage ni reciclajes… Los que no malgastan envases, no tienen por qué reciclar. La ecología es un invento reciente (reconvertido en moda) para contrarrestar el progreso con cierto “estilo”. Nuestro/vuestro bisabuelo seguro que ya era tan ecológico como un inuit afiliado a Greenpeace… pero no hay que ir tan lejos. Os proponemos un viaje en el tiempo hace 30 años hablando de ecología urbana huérfana de nombre ¿preparados…?

 

 

Tres décadas atrás, el vidrio era el envase numero uno. Las familias coleccionaban botellas: generaban más intereses que un deposito a plazo fijo. En la misma tienda, donde nuestras madres devolvían los cascos, los tenderos pagaban por reciclar. En las piscinas, los chavales no tiraban botellas al suelo, ¡las recogían! Llevando unas cuantas al camarero te invitaba a refrescos gratis. Se reciclaba utilizando menos energía; las botellas se pasteurizaban ya estaban listas para un nuevo uso. Que alguien me cuente qué tenía de malo este proceso.

 

Quizá antes se disponía de menos tiempo libre o las personas eran más ligeras de cascos, mercantilmente hablando. Si a un tendero le hubiese dado por enrollar calabacines, uno por uno, en celofán, o por depositar un puñado de perejil en una bandeja plastificada, le hubieran internado en un hospital. El pescado, los huevos y la verdura se envolvían en papel de periódico (excelente para absorber humedad y olores). Las legumbres eran depositadas en graciosos cucuruchos de cartón. El embutido y la carne se servía en papel parafinado. El perejil –aún queda algún sitio romántico que mantiene la tradición- lo regalaban.

Hace treinta años aún no había llegado el furor de lo “antibacteriano”. Abundaban los entornos con buena dosis de microbios, de este modo los anticuerpos eran generados naturalmente. Los niños trepaban, corrían se caían y magullaban, se herían y aprendían a respetar y respetarse (¡a tortas, pero aprendían!). Los médicos todavía no recibían jugosas propinas de las farmacéuticas por crear adictos a los antibióticos y las duchas se realizaban a razón de un par por semana… (¡horrorizaos, adolescentes asépticos, a veces incluso un único baño semanal!). Se ahorraban litros de agua, la epidermis no perdía la capa protectora (no confundir con mugre) y, aunque quizá el aroma fuera, eh… más de la calle, la población se sentía mucho más sana, con menos químicos.

En alimentación lo sano y “orgánico” era mayoritario. Desayunar un trozo de pan tostado con aceite de oliva era habitual. Muesli podía haber sido el primo lejano de Mogli. Buscar una etiqueta de “producto ecológico” hubiese sido una estupidez. Aún quedaban lecheros que viajaban a domicilio, servían unos litros de leche en una cacerola y el proceso de pasteurización se hacía en casa, sobre el fogón. Otros “comerciales” llamaban a la puerta, como aquellos “agentes” de quesos y charcutería que llegaban con su boina y capazo directamente del pueblo (pueblo, pueblo. De los que tienen ovejas de verdad).

Hace treinta años el tomate sabía a tomate, los niños jugaban con niños -y como niños- y pocas personas sufrían alergias.

Hace treinta años, la vida no era peor ni mejor, pero lo ecológico no tenía nombre ni etiqueta para hacer el agosto. Ni falta que hacía.

Propina: Clica aquí y verás un vídeo hortera para el recuerdo. Feliz agosto. 😉