Ya hemos llegado a Hopenhague, al menos virtualmente. Den lille havfrue, la sirenita, nos recibe y confiesa sus dudas entre adoptar forma humana o regresar con nereidas y tritones. Si vuelve con su familia le esperan vertidos y pesca incontrolados. Si decide permanecer en la orilla, contratará un buen seguro que cubra los efectos del agujero de la capa de ozono – y daños por explosivos; ya la dinamitaron hace tiempo-. Malos tiempo para ser sirena.
Y no mucho mejores para ser ciudadano. La cumbre contra el cambio climático ha sido manipulada hábilmente por los países más contaminantes productivos, preparando el terreno para escupir medidas insuficientes. La doctrina neoliberal, la que dice que todos somos libres para enriquecernos -y para morirnos de hambre o vivir en una caja de cartón- conoce su mercado. Con la habilidad de tenderos asiáticos, la negociación previa ha sido un habilidoso regateo. Tanto, que cualquier cosa firmada ya nos parecerá hasta buena. Obama sonríe como un preso resabiado en las duchas a punto de decir “oops!”, lanzando con disimulo la pastilla de jabón. “Yes, we can!”. Claro, tú ya podrás…
Pero hay motivos para el optimismo. Internet, la diabólica red, ha conseguido movilizaciones sin precedentes. Millones de firmas, miles de eventos, protestas… Ironías de la vida, lo que en parte fue experimento militar es el elemento que nos da libertad. A través de la red y de forma paralela a la cumbre, más de diez mil activistas de ONG’s se reunirán en Copenhague.
Crucemos los dedos. Todos nos acogemos al lema de Greenpeace “Our climate, our future, your decision ” (Nuestro clima, nuestro futuro, vuestra decisión), pero deberíamos añadir algo más: Nuestros votos. Políticos sibilinos y mercachifles millonarios, más os vale cubrir nuestras expectativas, sin nosotros no sois nadie. Con valor, alimentemos la esperanza.
















