“Fui a los bosques porque quería vivir a fondo, quería vivir a conciencia y sacarle todo el meollo a la vida, dejar de lado todo lo que no fuera la vida, para no descubrir, en el momento de la muerte, que no había vivido”.
¿Lo recordáis? Es el fragmento que leían los imberbes -y atormentados- alumnos de John Keating al comienzo de cada sesión del nocturno “Club de los poetas muertos”. Su autor: El pre-hippie Thoreau, que ya llevaba criando malvas más de cien años sin ser consciente de su influencia sobre futuros pacifistas, naturalistas, ecologistas… Y guitarristas de Death Metal -en este último caso, sólo por la barba-
El gran Thoreau, el tipo del físico frágil y la mirada cristalina había publicado estas palabras en “Walden”, un libro escrito en el bosque homónimo durante dos años (1845-1847). No fue fácil. Thoreau estaba completamente aislado. No había jurados , cámaras de reality show ni se podían enviar esemeeses con “salvar al barbas”, pero a él le mereció la pena. Este es nuestro pequeño homenaje Cooliflower a la primera persona que reconoció su pacifismo, acuñó el termino “Desobediencia civil” y dejó un legado sin el cual la ecología no existiría.
Y por todo ello, recomendamos su refrescante y positiva lectura. Y si tu vecino – el que cree que Van Gogh era un cantante de música folk- nos pregunta por qué leemos “estas cosas tan raras”, podemos responder, desafiantes, parafraseando a Thoreau: Lo hacemos porque “cualquier hombre que tenga más razón que sus prójimos ya constituye una mayoría de uno”.
Nota Cooliflower: La frase también es válida para hacerse con el control del mando de la tele en una reunión familiar.

















[...] deberíamos apelar a la lírica. Hablaríamos de vida pausada y contemplativa, de nuestro querido Thoreau, de “lo importante del viaje que es el viaje en sí mismo”, de prados arbolados convertidos en [...]