Nunca he estado, ni estaré, en un zoo. Los veo como cárceles para presos sin culpa, ni derecho a juicio. Los animales encerrados, cohibidos, tristes… Prefiero verlos en su hábitat, libres; este es el motivo por el cual quiero compartir la maravillosa experiencia que pude vivir junto a mi familia, algo casi indescriptible.
Aprovechamos una mañana poco calurosa y descendimos hasta la zona que suelen visitar los monos. Habitualmente son esquivos y nos contemplan a distancia. Se muestran fascinados por nosotros, pero nunca se acercan lo suficiente. Esta vez fue muy diferente.
Dos monos se quedaron quietos, al borde del camino. Los tuvimos tan cerca que olfateábamos su perfume salvaje, tanto que tuve que frenar el exceso de entusiasmo de mis niños. Nos acercamos a uno de ellos, el más tímido. Agachaba la cabeza, como si fuera consciente de su propia fragilidad, pero se mantuvo firme en su posición, incluso cuando llegamos a tocarle. Era muy valiente y silencioso, para ser un mono, una especie que se caracteriza por ser ruidosa y huidiza cuando no va en manada, de comportamiento errático y hasta peligroso en ocasiones. ¡Quién no ha escuchado las historias de monos enloquecidos, arrasando todo a su paso! No quisimos estropear el momento y nos marchamos pronto, antes de que el animal se pusiera nervioso.
Fue divertido, excitante… pero sobre todo sirvió para romper mitos y, sin duda, fue un estímulo para que mis hijos creciesen respetando a nuestros hermanos primates, mejor con total libertad.
Documento del mágico encuentro a continuación. Lo más impactante, a partir del minuto 2:00
Budapest, 1932. Cielo gris, gente caminando, algunos muy felices (los Buda) y otros menos (los Pest). Un repostero fabrica los típicos dulces de la ciudad, que saben a repollo caducado, y su mujer compra una cabeza jíbara en el mercado. En la ciudad, los gatos ladran y los perros maúllan. Llueve absenta. Aquel fue un año extraño, sí. Budapest, 1932. Era una buena manera de empezar un post, aunque nunca he estado en Budapest y no sé de qué estoy hablando. ¡Oh, Budapest! ¡Budapest! ¡Si al menos te supiera situar en el mapa!
¿Qué importancia tiene? Podría decir que Budapest está en Ohio (ojayo) y que en 1885 tres docenas de mujeres se manifestaron en top-less, por la subida del precio del tocino. Alguien lo leería, lo publicaría en otro blog y en unos meses algún lumbreras, al que pagan, y bien, por farfullar desde asuntos del corazón, hasta filosofía hermética, lo comentaría en televisión (cinco años jugando al mus en la facultad, ergo soy omnisciente). La nueva realidad estaría servida, al lado del perrito juguetón y la “dulce” muchacha con Ricky Martin en el armario.
El mundo de la ecología funciona así, como nuestro irreal Budapest. Yo te cuento lo que soñé ayer tumbado bajo una higuera, y si te gusta, lo aceptas como cierto, que el Greenwashing sienta muy bien. Se ha alcanzado tal punto de marketing buenrollista que cualquier producto sin relación con enfermedades incurables, sin niños en su producción, o manufacturado por campesinos sin zapatos, es “verde”. En la etiqueta deberían añadir “contiene un 50% de ingenuidad”.
Fox Fibre y su hermana Cooliflower (por cuya gentileza existe este blog) son marcas que creen en lo que hacen e intentan hacer lo que creen. Ambas estuvieron presentes en Biocultura y en la feria Show Me Your Green Talent de Barcelona, donde coincidieron con las dos jóvenes emprendedoras de Ecoology, una marca on-line de moda ecológica real y sostenible, algo muy escaso en la actualidad. Y este es el motivo de este post, recordar que en un mundo ficticio y prefabricado, donde la desinformación es dogma de fe, aún hay personas que buscan el lado ético de la producción ecológica, prestando importancia a la moda, sí, pero también al modo. Porque es el modo, no la moda, lo que marca las marcas.
Es una rareza, similar a renegar de apellidos el Día de la Madre: Si el despido facilita el empleo, la eliminación de ayudas mejora la calidad de vida, el aumento de alumnos fomenta la enseñanza, y la subida de impuestos indirectos reactiva la economía, a nadie le sorprende que el Día del Trabajo se festeje sin trabajar. Quizá sería buena idea que en una fecha tan señalada como la de hoy, trabajaran todos los desempleados.
Millones de seres, cada día más, celebran el 1 de mayo el año entero, pateándose las calles con los bolsillos vacíos. Es la cruzada del empleo, cuyo santo grial es el contrato fijo (ayer derecho, hoy mito). La reconversión en épocas de crisis debería ir en dirección opuesta a la causa generadora del mal, pero la tónica mundial, exceptuando a los santos islandeses, nos lleva de cabeza al origen del problema, básico y simple: para que haya algunos ricos, tiene que haber muchos pobres. Y como desde la escasez bastante se hace con intentar sobrevivir, la sociedad permanece inalterable. Los expertos en finanzas al cargo lo explican de otra forma, pero es que los economistas liberales son, a la economía, lo que el doctor Hannibal Lecter a la salud mental.
En este “escenario” político (anglicismo mal aplicado en alza, quizá porque pagamos entrada para escuchar ficción), parecemos olvidar que España es el país de Europa con más recursos naturales renovables, con mayor biodiversidad. España es un lugar que debería ser referente en el desarrollo de energías renovables, pero vamos en contra de la propia Tierra, destruyendo aquello que generaría empleo, como pollos sin cabeza.
Crear economías muertas antes de nacer, en lugares con fuentes energéticas y laborales propias, es labor de pensadores mediocres, simples, temerosos… Entre tanto recorte, debemos asumirlo: el miedo es el ERE de la inteligencia.
En el país, por recursos, peor gestionado de Europa, feliz día de la obligación temporal mal remunerada.
Amiga, no es que no te entienda, es que soy un hombre. Vivo en mi cubículo, conectado a estimulaciones sinápticas, cadencias electrónicas e imágenes sugerentes. La mitad de mi bestialidad recibió instrucciones para poseer, el otro cincuenta por ciento (prefiero decir) es maldición genética. Quiero tenerlo todo y ya, lo que sea, incluyéndote a ti. Quiero ser propietario de montes, coches, casas y nalgas. Soy un hipotálamo insaciable. Soy la temible gónada con patas. Vivo para satisfacer instintos primarios.
Soy un animal de laboratorio.
Con gran esfuerzo y a duras penas te intuyo, persona del otro género. Tomo el atajo del raciocinio y extirpo espíritu humano de tus caderas; capto ideas sin bifurcaciones curvilíneas. De año en año, trillando elecciones fallidas y erecciones acertadas, veo la persona tras la mujer. Demasiado esfuerzo, amiga. En el laboratorio global somos objetos buscando objetos, adiós empatías. Un animal entiende la geometría de un pecho; la lógica de un sentimiento es aterradora, puro fuego para las neuronas.
Soy un animal de laboratorio, amiga, como lo fueron mis ancestros, como lo eres tú, en un ciclo sin fin, experimentando emociones con otras bestias de laboratorio. Descargas de energía simple, trepanaciones de cariño, ablaciones de amor… En esta ominosa partida tú juegas conmigo y yo juego contigo. Por el camino, arrierita, sacrificamos compromiso, ética y animales para que ni champú, ni abrazos hagan llorar.
¡Señor (o señora)! ¡Líbrame de la tontería! Es tan fácil, tan sencillo… soy tan vulnerable que me cuesta levantarme cada mañana sin ser completamente tonto del culo.
Sí. La estulticia nos persigue. Y como es simple el acceso a redes sociales y televisiones antisociales; como es gratis ser más tonto que nadie, la difusión de la ignorancia impregna el ambiente. Afectados de pura tontería, que no de sentido del humor o genuina incultura, los nuevos tontos son (o somos) los que escogen, por procesos ególatras o económicos, eliminar la verdad.
Insistimos desde hace tiempo: los humanos nos diferenciamos de otras especies por la capacidad para engañarnos a nosotros mismos. Cuando la mentira revienta el delicado dique de la conciencia, el engaño anega los campos de espíritus llanos. El caso de Repsol YPF, sin ir más lejos, tiene todos los elementos para inundar la lógica de un lado y otro del charco. Españoles defendiendo, como mandriles, a una multinacional que sólo vela por sus intereses, famosa por sus desmanes anti-ecológicos; y argentinos codiciosos ante la esperanza de sacar una buena pasta del fracking (alguien tiene que pagar la cirugía presidencial). ¿Un buen patriota se alegra por ayudar a una multinacional experta en evadir extraviar impuestos en paraísos fiscales, mientras los ciudadanos pagamos injustos por pecadores? ¿Alegra seguir el juego a un gobierno descerebrado y populista, a costa de la salud de una región? ¡Señor (o señora), líbrame de la tontería!
“El nacionalismo es algo intrínsecamente malo por dos motivos. Primero por creer que unas personas son, por su pertenencia a un grupo, mejores que otras. Segundo, porque cuando el problema es el otro, la solución implícita de este problema siempre será el otro.”Ryszard Kapuściński
Cinegética: Eufemismo de la palabra caza, de nombre engañosamente bonito, para designar a seres humanos que disfrutan de la biodiversidad aniquilándola.
Arma de fuego: Instrumento para convencer de la necesidad de hacerse con un arma de fuego, y defenderse de los que ya tenían armas de fuego, para acabar con los futuros compradores de armas de fuego. También sirve para curar la hiperactividad de ciertos animales en monodosis. Es el remedio más efectivo que se conoce, permanente. Sólo tiene una contraindicación: el relleno de serrín.
Caza menor: La caza menor es la primera caza que realiza un niño (de ahí viene lo de “menor”). Habitualmente, se suele empezar por pequeñas piezas, próximas al que aprieta el gatillo, como ardillas o abuelas septuagenarias. Cuando el menor se dispara acertando al propio pie, al sujeto disparador se le denomina disparatador.
Caza mayor: Es un tipo de cinegética en la que los cazadores sólo matan animales grandes, feos y con malas intenciones. Son bichos que se lo merecen porque son vagos y no pagan impuestos. Se llama caza mayor porque cuanto más grande es “la pieza”, mayor es la edad del que dispara y más dinero cuesta que se lo pongan a huevo (a huevo: véase la guía “Puntería para ricos”).
Peligros de la caza mayor: El mayor peligro es el bufé de los hoteles y los escalones traicioneros. Si el cazador es conocido y sufre daños, conviene disculparse públicamente y prometer no hacerlo jamás (no tropezar). A los animales abatidos no se les pide disculpas.
Era Nochevieja, clorofílico perdido. Fue la primera vez que me plantaron bien plantado. Había quedado con el amor de mi vida 4.5 en su fiesta, con esperanzas de aprovechar la mágica noche y labrar en campo ajeno. Lo que no sabía era que la muchacha estaba ocupada con el azadón y la magia de otro: me dieron, literalmente, con la puerta en las narices. Mis raíces se hundieron en el asfalto y miré al cielo frío, tan estrellado como yo. Sin fotosíntesis, violines ni lluvia, me sentí boniato, lechuga y pimiento, sobre todo pimiento por aquello de mi importancia. Plantado e inmóvil, inmóvil como buen vegetal.
Meses más tarde aprendí a plantar a la gente y el malestar fue compartido. Es una de las enseñanzas más estúpidas de la vida, crear abono posterior de la basura anterior, como si la culpabilidad y los malos modos fueran contagiosos. Precisamente, ahondando en la culpabilidad, un día fui citado en un lugar por un motivo económico, y termine en otro distinto por asuntos sentimentales. A eso se le llama trasplantar. En este caso el esqueje necesitó abundante riego para sobrevivir…
Y ahora, otra vez nos han plantado. A Cooliflower, a nivel colectivo, y esta vez estamos contentos. Nos hemos sumado a una iniciativa en la que te plantan por poner un simbolito:
“Las emisiones de CO2 que emite un sitio web son de 0.02 gramos por visita. Tomando de media un blog con 10.000 visitas mensuales, un blog emite 2.4 kg. de CO2 al año. Un árbol puede consumir, desde 5 hasta 90kg. de CO2, según su tipo, edad, localización, etc. Plantando un árbol, puedes compensar de sobra las emisiones que tu blog produce durante unos 40 años de vida que tiene un árbol. Para que tu blog compense el CO2 que emite, PLANTAMOS UN ÁRBOL POR TI y por tu blog gratuitamente.”
No todo el marketing es malvado. Visita la página de este proyecto para conocer otros modos de beneficiar al planeta.
Virginidad. Qué palabra. Tan poco importante cuando se le presta importancia, y tan importante cuando no.
Para un padre o madre, es el invisible cordón umbilical que une a vástago con niñez. Es dependencia no escrita y uno de esos detalles que, como el final de las buenas películas, prefieres que no cuenten.
Virginidad para los jóvenes es sonrisa pícara y urgencia extraña. Es una singular carrera en la que impone ser primero, y aterroriza llegar último. Otra clase, sólo explicable para los que la pregonan, es la bíblica. Nunca el “dejen salir antes de entrar” fue más extremo.
Qué palabra, sí… ¡Qué palabra! Es el sustantivo ladino omitido en la lírica, pero nombrado entre líneas para no dejar “la flor marchitar”. Si hay que obtener lo único, los hombres –especialmente los hombres- nos convertimos en jardineros, poetas, políticos… o taxistas, lo que haga falta. Todo sea por explorar tierra incógnita y ser más Amundsen que capitán Scott.
Y después está la virginidad compartida, la importante, la de montes, bosques y playas, la más codiciada por amplia y visible. Los espalda-plateada se vuelven locos por ella. Desean obtener réditos de la belleza, horadar lo inexplorado y fumar el cigarrillo de la consumación con una sonrisa (“¡ya verás cuando lo cuente!”). El desflorador es egoísta, se guarda el placer de poner una pica en Flandes, pero no devuelve la llamada de Gaia. Los sinvergüenzas dominantes son pura torpeza, nunca han dado, ni darán, con el punto “G” de la naturaleza. Y menos, celosos de toda hermosa libertad, tapando el limpio paisaje con burkas de hormigón.